Eduardo Claure
Desde los griegos hasta nuestro tiempo, las democracias se pierden por dos vías sucesivas: la demagogia y la fuerza. Los latinoamericanos tenemos muy presente cómo operan los golpes de estado, pero entendemos menos el efecto disolutivo que tiene la corrupción de la palabra (la mentira, la propaganda, el discurso del odio, la demagogia, el racismo) en la vida ciudadana. En muchos casos, el poder de la palabra es más letal que el de las armas. La demagogia mató a la democracia en las ciudades griegas y preparó el derrumbe de la República. Y en Bolivia, hace exactamente dieciséis años, el discurso del escarnio, esparcido por un sector influyente de la prensa que luego sería oficialista, desorientó al ciudadano, y creó el escenario del “proceso de cambio”, la profusa propaganda soliviantada por recursos externos -provenientes de Venezuela, se dice- y los estrategas del Socialismo del Siglo XXI, la influencia del Foro de San Paulo y del Foro de Puebla, concluyeron con imponer, el discurso, la palabra del que destrozaría la débil e incipiente democracia boliviana, instaurando las bases de una tiranía de corte fascista.
Para preservar la democracia debemos cuidar la palabra pública. La democracia no es sólo cuestión de votos sino de convivencia civilizada, y esa convivencia se finca en el respeto a la palabra. Todo aquel que tiene voz pública (el político, el periodista, el comunicador, el intelectual, el religioso) debe saber que sus palabras nunca son inocuas porque se traducen en los hechos. Las palabras torcidas (la mentira, la distorsión, la descalificación, el denuesto) conducen a la alienación colectiva, a la irrealidad, al cinismo, a la incredulidad. Y las palabras de odio, tarde o temprano, terminan por desembocar en la violencia. Si no podemos (sabemos, queremos) usar la palabra apelando a la razón, los bolivianos «deberemos deducir» nuestra impreparación para la democracia, o debiéramos decir para la clase política, que permitió, qué, una palabra pública, dicha por quién fue luego, el primer funcionario público: sometió a la democracia para degradarla.
Hasta la década de los 80, las democracias morían de golpe. Literalmente. Hoy, no: ahora lo hacen de a poco, lentamente. Se desangran entre la indignación del electorado y la acción corrosiva de los demagogos. Mirando un poco atrás, los politólogos estadounidenses Steven Levitsky y Gabriel Ziblatt, advirtieron que lo que vemos en nuestros días no es la primera vez que ocurre: antes de morir de pronto, las democracias también morían desde adentro, de a poquito. Los espectros de Benito Mussolini y Adolf Hitler recorren su libro de 2018: ”Cómo mueren las democracias”, como ejemplo de que la democracia está siempre en construcción y las elecciones que la edifican también pueden demolerla. Esta obra fue un llamado a la vigilancia para mantener la libertad. La llegada del trepador Morales Ayma, rodeado de grandes mandamientos para el cambio, fue un chasco. Utilizó la palabra pública, el discurso de la mentira, trastocando la verdad.
Aunque la comparación de Hitler y Mussolini con Hugo Chávez es cuando menos exagerada, los autores subrayan la similitud de las rutas que los llevaron al poder: siendo tres personajes poco conocidos que fueron capaces de captar la atención pública, la clave de su ascenso reside en que los políticos establecidos pasaron por alto las señales de advertencia y les entregaron el poder (Hitler y Mussolini) o les abrieron las puertas para alcanzarlo (Chávez), que fue exactamente lo que sucedió con Morales Ayma. La abdicación de la responsabilidad política por parte de los moderados, tradicionales y acostumbrados a sostener la democracia con pactos, es y fue, en nuestro caso boliviano, la victoria de los extremistas radicales: Morales Ayma y del MAS-IPSP. Al respecto, ya Filemón Escobar, había anticipado denunciando este camino.
Un problema de la democracia es que, a diferencia de las dictaduras, se concibe como permanente y, sin embargo, al igual que las dictaduras, su supervivencia nunca está garantizada. A la democracia hay que cultivarla cotidianamente. Como eso exige negociación, compromiso y concesiones, los reveses son inevitables y las victorias, siempre parciales. Pero esto, que cualquier demócrata sabe por experiencia y acepta por formación, es frustrante para los recién llegados. Y la impaciencia alimenta la intolerancia. Ante los obstáculos, algunos demagogos relegan la negociación y optan por capturar a los árbitros (jueces, sistema jurídico, TCP, ALP, TSE y otros organismos de control), compran a opositores y cambian las reglas del juego. Mientras puedan hacerlo de manera paulatina y bajo una aparente legalidad, argumentan Levitsky y Ziblatt, la deriva autoritaria no hace saltar las alarmas. Como la rana en baño maría, la ciudadanía puede tardar demasiado en darse cuenta de que la democracia está siendo desmantelada. Pero, en el caso de la “clase política”, toleraron ese avance destructor, fueron solitarios a todas las elecciones nacionales y subnacionales -desde el 2005 hasta el 2020-, nunca quisieron hacer un frente o un bloque político y, el hoy, el ahora, es en gran parte, su responsabilidad y, por qué no, su culpa. Su obcecada ceguera, su unipersonalismo, su falsa popularidad, creer en una falsa aceptación popular de ellos, tal como les hicieron creer sus entornos palaciegos de trepadores delincuenciales de la política: actitudes que desembocaron a favor del tirano.
La democracia es la expresión más fidedigna de la voluntad de un pueblo. Elecciones, imperio de la ley y separación de poderes, tres pilares pensados para garantizar el equilibrio de un sistema en tensión constante. Pero, ¿qué pasa cuando la mayoría de los ciudadanos apoya a dirigentes que van contra esos valores democráticos? ¿Qué sucede cuando un Gobierno elegido legítimamente en las urnas limita las atribuciones del poder judicial y la subordina, cambia la ley de partidos y somete al TSE y TCP para su beneficio y convierte sin disimulo ciertos medios de comunicación en un arma propagandística? Aunque convoque comicios cada cierto tiempo, ¿sigue siendo democrático un país que refuerza sistemáticamente su influencia sobre los resortes del poder? No fueron suficientes estas señales para la clase política boliviana, que indicaban que la democracia se venía abajo desde el 2006.? Que pensaron del 21F.? No les fue claro el monumental fraude del 2019.? Jeanine y, hoy Camacho, no les dice nada a “la oposición”.? Creen que habrá elecciones nacionales post 2025.? Creen que habrá censo.?
Establecer el momento exacto en que una democracia deja de serlo no resulta muy difícil. El punto de inflexión está claro cuando hay una súbita inundación, un tsunami como un golpe de Estado o una guerra que precipite los acontecimientos, o cuando se encarcela a disidentes. Detectar el peligroso cambio cuando el agua cae gota a gota es más complicado: sin destruir violentamente el sistema la reducción de libertades se produce paulatinamente, y los cambios no tienen por qué apreciarse de forma inmediata, eso podríamos decir entre el 2006 y el 2008, pero luego de la Asamblea Constituyente, La Calancha, la caída de Leopoldo Fernández, el Hotel Las Américas, no fueron suficientes señales que la democracia estaba siendo degradada a su punto más bajo.? El nivel de transparencia de los procesos electorales, el pluralismo político, la libertad de expresión y la independencia judicial, entre otros factores, que eran pisoteados, no decían nada.?
En este contexto, el balance realizado por el “Democracy Report 2020” es elocuente: “durante los diez años transcurridos entre 2009 y 2019, más países han sido escenarios de autocratización que de democratización. Este estudio reporta que, por primera vez desde el 2001, es mayor el número de autocracias que de democracias en el mundo: 92, que abarcan al 54% de la población mundial. En 2019, se contaban 37 democracias liberales y 50 electorales. Entre los países en los que se han registrado tendencias de regresión autoritaria se encuentra Estados Unidos, que continúa siendo una democracia liberal, a pesar del deslizamiento que ha registrado en los últimos años, al igual que algunos países de la Unión Europea, como Croacia, Hungría, Polonia, o la República Checa. En particular, bajo el gobierno de Viktor Orbán, Hungría fue el primer país de la Unión Europea que cayó por debajo del umbral de las democracias electorales, lo que permite considerarlo, hoy, un autoritarismo-electoral”. “En América Latina, Venezuela ha sido el caso más extremo de autocratización, al eliminar una a una, de manera paulatina -y cruenta-, todas las instancias de control institucional y societal, lo que sumió al país en una crisis económica y de derechos humanos sin precedentes. Además del caso ya mencionado de Brasil, retrocesos significativos se han observado durante los últimos años también en Bolivia, Honduras y Nicaragua. Si bien estos países ya eran considerados como autoritarismos competitivos en el “Democracy Report 2020”, destacan los casos de Nicaragua y Venezuela, que registraron retrocesos significativos en sus atributos democráticos, a pesar de encontrarse ya dentro de 10% de los países en el mundo que obtienen las puntuaciones más bajas en el índice de democracia liberal.” Señala aquel reporte internacional y, abundando en elementos de prueba, estos sucesos del deterioro de la democracia, acaso, no fue lectura obligada de la oposición durante 16 años.?
La democracia será menos utópica o menos eficiente que sus rivales, pero, seguirá siendo el único régimen político que nos permita librarnos de nuestros gobernantes sin derramamiento de sangre. Esta sentencia, tiene como consecuencia en nuestra realidad, que, revertir este malsano proceso instaurado en Bolivia, debe ser eliminado por otro acto eleccionario, donde acudan las fuerzas democráticas en ALIANZA, BLOQUE o FRENTE ÚNICO. De lo contrario, el totalitarismo, la tiranía se impondrá “democráticamente” y, será el fin del desarrollo político boliviano y las cárceles deberán construirse como canchitas de futbol -de la era Morales-, para albergar a todos los “disidentes democráticos”. Bolivia Somos Todos…!!
