Cada año, cuando la estación seca se instala y los vientos se intensifican, el riesgo de incendios forestales en nuestro territorio se dispara. Lo hemos visto en anteriores temporadas: vastas extensiones de bosques y pastizales reducidos a cenizas, fauna silvestre desplazada o muerta, y comunidades enteras respirando aire contaminado, sufriendo pérdidas materiales y económicas. Estos no son accidentes inevitables, sino tragedias muchas veces provocadas por negligencia o irresponsabilidad humana.
Prevenir los incendios forestales no solo es un deber cívico, sino una responsabilidad moral con las generaciones futuras. En esta época crítica, los cuidados deben ser extremos: no se debe encender fogatas en áreas rurales o de vegetación seca, ni quemar basura o restos agrícolas, prácticas que aún persisten pese a las prohibiciones. Cualquier chispa, por pequeña que sea, puede convertirse en un infierno fuera de control cuando el viento sopla con fuerza y la humedad del suelo es casi nula.
Las autoridades tienen el deber de reforzar los controles, vigilar zonas de riesgo y sancionar con severidad a quienes provoquen incendios, sea por descuido o con intenciones económicas encubiertas. Pero también es clave la educación: las campañas de concienciación deben llegar a todos, desde las escuelas hasta los productores agropecuarios, para arraigar una verdadera cultura de prevención.
Cuidar nuestros bosques es proteger nuestras fuentes de agua, el equilibrio climático y la biodiversidad que nos sostiene. En un tiempo de crisis ambiental global, no podemos darnos el lujo de perder más naturaleza por fuego evitable.
