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COYUNTURA – LOS SÓTANOS DE LA INFAMIA

Roberto Márquez

El análisis dialéctico de nuestra coyuntura no puede contentarse con registrar el escándalo superficial de la alcoba; exige comprender que la infiltración, el espionaje y la delación cruzada entre operadores que se movían tras bambalinas son la manifestación más aguda de una contradicción estructural que carcome las bases de la república.

Existe una profunda contradicción entre la consolidación de la democracia recién reconquistada, encabezada por el gobierno del presidente Rodrigo Paz, y la persistencia de un sistema temerario de inteligencia criminal heredado e implantado por el régimen masista, diseñado para saquear el Estado y blindar la impunidad.

Esta praxis no es un accidente geográfico; constituye la réplica exacta del manual de subversión regional instaurado por el eje del socialismo del siglo XXI, el cual históricamente ha heredado y perfeccionado los métodos de control y desestabilización de la antigua KGB.

Así como la escuela clásica de la inteligencia social imperialista perfeccionó la kompromat -la recopilación metódica de secretos de alcoba, debilidades personales y dossieres comprometedores para chantajear, doblegar y destruir moralmente a cualquier disidente o aliado incómodo-, y tal como opera el conglomerado militar-empresarial GAESA en Cuba -que controla bajo fachada corporativa cada resquicio de la economía mientras la nomenklatura vigila y asfixia cualquier oposición-, los regímenes populistas de Sudamérica han montado estructuras paralelas de espionaje doméstico, interceptación ilegal y chantaje político.

La mayor traición a la confianza radica precisamente en aquellos individuos que, habiendo ganado espacios de máxima intimidad y cercanía en el corazón del poder, operaban simultáneamente como agentes de una red clandestina.

La paradoja dialéctica de estos personajes es brutal: se entregaron a una supuesta convivencia afectiva mientras ejecutaban sofisticadas operaciones de vigilancia, clonación de teléfonos y acopio de dossieres.

No eran simples parejas despechadas; eran piezas de un engranaje de espionaje transnacional, vinculadas a los oscuros intereses que fluían en oleadas entre la mafia de derechas fascistoides y el socialismo del siglo XXI -con tentáculos financieros calcados del modelo GAESA y sostenidos por las rutas del narcotráfico del Chapare-.

Este modus operandi encuentra un espejo siniestro en los sótanos del chavismo en Venezuela, donde el SEBIN y las redes de contrainteligencia extranjera han convertido la delación íntima, la tortura psicológica y la invasión de la privacidad en políticas de Estado para neutralizar a adversarios.

Lo mismo se ha visto en los oscuros expedientes del kirchnerismo en Argentina, donde los servicios de inteligencia y los operadores judiciales operan como agencias de extorsión paralela para encubrir la corrupción sistemática.

Esta contradicción se evidencia hoy con descaro: mientras se despliegan caravanas de autos, bloqueos y movilizaciones desesperadas para impedir la captura y detención del prófugo de la justicia que pretende volver al poder, las cloacas de la inteligencia criminal entran en ebullición.

El sainete del supuesto atentado y la filtración quirúrgica de información no buscan otra cosa que dinamitar la institucionalidad democrática, utilizando el chantaje como arma de guerra para encubrir dos décadas de latrocinio.

Es la misma táctica de desestabilización que las centrales bolivarianas ensayan en todo el continente: fabricando noticias falsas y desinformación con falsos positivos, victimizarse ante la opinión pública internacional y movilizar clientelas armadas o narcotraficantes para blindar a los jefes de bandas que huyen de la justicia, tal como ocurre hoy mismo en el Chapare.

La síntesis dialéctica de este tiempo histórico rechaza de plano toda neutralidad temerosa: el fondo de nuestra crisis es el combate final entre la dictadura populista del masismo -que agoniza atada al chantaje y a la podredumbre mafiosa- y la libertad de la república democrática de Bolivia, una democracia labrada por el pueblo boliviano una y mil veces en la fragua de las calles.

Sortear esta contradicción exige un Estado firme que no retroceda ante el chantaje tenebroso; la aplicación implacable de la justicia, la institucionalidad democrática y el rigor de la ley son las únicas llaves para acabar con los lazos de la infamia y devolver el porvenir luminoso que los bolivianos luchamos con valor y sacrificio.

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