Por: Roberto Márquez
Este cuatro de julio se celebra la fundación de Tarija, llamada originalmente la Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa. Tras el ruido de los desfiles y el chauvinismo de ocasión, la fecha nos arrastra a una lectura profunda de la biografía nacional a través del lente de sus contradicciones estructurales. El diagnóstico revela una paradoja indignante: el país que hoy se mantiene en pie no existiría sin el desprendimiento histórico y el soporte material de esta región. Frente a esa entrega, el nivel central solo ha respondido con una desidia sistemática. Una verdad incómoda que resuena en el sur: Bolivia le debe a Tarija lo que Tarija le dio a Bolivia.
Este agravio es histórico, pero se exacerbó de forma perversa en los últimos veinte años bajo el andamiaje de un Estado Plurinacional impuesto, cuya matriz centralista choca frontalmente con la identidad tarijeña. La paradoja roza el cinismo: al mismo tiempo que Tarija vaciaba sus entrañas y entregaba el gas de San Alberto, Sábalo y Margarita para sostener la balanza comercial, los bonos estatales y el desarrollo de otras regiones a través del IDH, el centralismo evista respondía con saña, propinando golpes arteros y sistemáticos contra el propio suelo que lo oxigenaba económicamente. Un desprecio imperdonable hacia la tierra que un día eligió abrazar la bandera boliviana.
La primera gran contradicción radica en la soberanía secuestrada. Tarija, fiel a su estirpe histórica, fue la punta de lanza del movimiento autonómico en el siglo XXI, conquistando legítimamente en las urnas el derecho a gobernarse. Sin embargo, la respuesta del nivel central no fue el diálogo, sino la agresión cruda: pisotearon la institucionalidad regional ejecutando un golpe de Estado político-judicial contra nuestro primer gobernador electo por el voto popular, activando una persecución sistemática para descabezar el liderazgo local. El uso del aparato estatal para neutralizar la voluntad ciudadana dejó una lección inequívoca: para el centralismo plurinacional, la autonomía solo es tolerable si se arrodilla ante él.
La segunda contradicción, de matriz estrictamente económica, raya en el despojo colonial. El nivel central administró la mayor bonanza rentista de nuestra historia a costa del gas tarijeño, pero en lugar de diversificar la matriz productiva o consolidar la industrialización regional, la riqueza se dilapidó en el mayor despilfarro que recuerde el país: canchitas de fútbol de ornamento y elefantes blancos de la burocracia estatal. Hoy, ante el declive inevitable de los megacampos por la flagrante falta de exploración y previsión del régimen, Tarija hereda los pasivos ambientales, las promesas rotas y unas arcas departamentales asfixiadas por transferencias obligatorias que el centralismo sigue imponiendo sin pudor.
Finalmente, la contradicción más destructiva se operó en el tejido social. Para debilitar el bloque histórico del sur, el centralismo —articulado por un régimen de matriz delincuencial y vinculaciones con el narcotráfico— aplicó la vieja máxima imperialista de dividir para gobernar. Fracturaron deliberadamente la unidad departamental fomentando un encono artificial y asimétrico, induciendo a la Región Autónoma del Gran Chaco a una tensión estéril y constante con el Valle Central, empujando la lógica territorial al extremo irresponsable de coquetear con la creación de un décimo departamento, buscándole fragmentar al más pequeño de los 9 departamentos. No contentos con saquear los recursos, intentaron dinamitar la identidad soberana y colectiva que nos une indisolublemente a los tarijeños de los valles con el Chaco desde 1574.
El veredicto de estas dos décadas plurinacionales es de una crudeza intolerable: una Bolivia centralista que devora la riqueza chapaca al mismo tiempo que conspira para dividirnos. Soportamos a un centralismo inepto, incapaz de sembrar el gas en industrias sostenibles, sordo a la urgencia de una economía limpia y verde, y paralizado ante la apertura de los corredores bioceánicos que por derecho nos corresponden. Nos han querido condenar al estancamiento, al encierro, cuando Tarija ha sido el pulmón que oxigenó al país entero.
Que lo escuchen bien en los pasillos del poder central: exigir lo nuestro no es mendigar. Saldar la cuenta con Tarija es un mandato de justicia histórica para el único pueblo que votó en cabildos su pertenencia a esta patria. Desde que Luis de Fuentes plantó la bandera de la Villa de San Bernardo de Tarixa, el sur ha sido el guardián y el motor de la República. No toleraremos más el desdén de un centralismo depredador; la historia nos respalda y el futuro nos pertenece si defendemos nuestra tierra con el coraje de nuestros mayores.
