
Eduardo Claure
Comunidad y sociedad responden a dos posibilidades fundamentales opuestas de convivencia humana. La relación de los hombres entre sí es concebida o bien como vida real orgánica, y esto es la esencia de la comunidad, o bien únicamente como formación ideal y mecánica, y este es el concepto de sociedad. Comunidad significa una convivencia auténtica y duradera; sociedad, en cambio, una convivencia tan solo pasajera y aparente. A la comunidad hay que entenderla como organismo vivo; a la sociedad, en cambio, como agregado mecánico de hombres y como artefacto. En la comunidad los hombres se hallan vinculados por su esencia; sin embargo, en la sociedad en esencia están separados. Mientras que comunitariamente permanecen vinculados a pesar de todas las desuniones, en el plano de la sociedad están desunidos a pesar de todas las vinculaciones. Las comunidades son unas comunidades de vida originales y originarias, tales como matrimonio, familia, estirpe, pueblo. Lo que él mismo es, lo recibe aquí el hombre de su compartir la vida mutuamente. Las sociedades, por el contrario, son asociaciones con vistas a un fin. Sólo subsisten por un tiempo, sólo plantean a los hombres un requerimiento parcial, y se cierran sobre la base de la aportación del otro y del beneficio personal.
En orden a poder diferenciarlas sociológicamente, su valoración resulta clara. La comunidad es lo originario y por tanto también lo primitivo, la sociedad lo derivado y por tanto una relación posterior. La sociedad siempre es un producto de desintegración de la comunidad originaria. Metafísicamente, existen distinciones respecto a aquello a lo que se debe llamar lo puro y lo no puro, lo auténtico y lo inauténtico, marcándose así la impronta sobre la burguesía descontenta de sí misma. En la comunidad domina la voluntad esencial, en la sociedad la voluntad selectiva o arbitrariedad; en la comunidad uno es un sí-mismo, en la sociedad un individuo; en la comunidad rige la propiedad de la tierra y los bienes raíces, en la sociedad los fondos y el dinero; en la comunidad impera el orden, en la sociedad la organización; en la comunidad se da autoridad pura, en la sociedad conflictos de intereses; la comunidad tiene cultura, la sociedad civilización; en la comunidad todos se pertenecen mutuamente y forman un conjunto, en la sociedad domina el pluralismo, etc.
Si haciendo una crítica cultural se aplican estas distinciones al mundo actual posmoderno, globalizado, aparecerá éste como inhumano, alienante, falso de raíces y de formación, corrosivo, olvidado de sí y de su origen. Así pues, la salvación del hombre frente a esta sociedad corrosiva y disolvente sólo existirá en la restauración de la comunidad. Pero, ironía de las cosas, una comunidad “restaurada” siempre habrá de ser un artefacto muy artificial de la sociedad. Porque una comunidad restaurada es una comunidad instaurada, y carece así de todo aquello que se alaba como crecimiento y estructuración naturales en ella.
El caso concreto al que se aplica la distinción de comunidad y sociedad fue y sigue siendo para la burguesía el de pueblo, nación y patria. Guillermo II, al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, decía “No conozco ningún otro partido, sólo conozco ya Alemania”. La burguesía alemana, el movimiento juvenil antiburgués, e incluso la social democracia también, acogieron este lema como una salvación frente a los conflictos irresueltos de la sociedad. A la hora en que se hallaba en peligro la Patria, la comunidad del pueblo se convirtió en nuevo símbolo de integración y en idea salvadora frente a los desengaños de la sociedad. “Deutschland, Deutschland, über alles” (Alemania por encima de todo), -por encima de todos los conflictos de desmembración, de humillación, de generaciones y de división de clases- llevó a la caída de los regimientos de estudiantes en Langemark, y luego otra vez, en 1943, a la caída de la sexta armada en Stalingrado. Sin embargo, esta comunidad del pueblo siguió viva como idea secreta de salvación tras la primera guerra mundial en la despreciada y malquerida democracia de Weimar, y también después de la segunda guerra mundial entre los grupos radicales de derechas. La experiencia colmada que, después de 1918, se tuvo de la comunidad pura del pueblo en las trincheras, invernó en la burguesía nacional y en la iglesia protestante. Porque la democracia de Weimar no consistió entonces sino en un sistema interino, con lo cual se aludía a su carácter únicamente artificial y falto de raíces. En su libro Das Erlebnis der Kirche, Paul Althaus declaraba en 1919: “Para todas las personas sería de entre nosotros, tanto un individualismo sin pueblo cuanto un cosmopolitismo supra popular resultaba sencillamente imposible”.
En este contexto, no se trata de entendernos políticamente como “comunidad indígena originaria campesina”, pues esa casi sentencia ideológica -que tiene mucho de razón a lo expuesto- tuvo el 2005 para el MAS-IPSP un efecto de campaña decisiva, definitivamente, contra lo que la “clase política democrática” marginal y residual, nada pudo hacer, y posiblemente tampoco pueda hacer algo hacia el 2025, pues ha demostrado su mediocridad e incapacidad y únicamente ha confirmado “habilidad” para su conveniencia de sobrevivencia local donde medrar lo público. De lo que se trata, es qué, la falta de liderazgo genuino -no reciclados, ni aquellos que compran candidaturas porque serían incapaces de ganar un puesto por mérito propio-, programa o modelo alternativo de desarrollo con visión país, presencia territorial, estructura y recursos: pilares claves para campaña, sólo será posible construir con una propuesta de sentirse “comunidad” democrática, no sólo en discurso, sino en el ejemplo verás de referentes que den certidumbre, confianza y sentimiento comprometido para el voto por la libertad, democracia, derechos humanos y políticos, respeto a la ley y la autoridad, reponer la institucionalidad y hacer esfuerzos para desterrar la corrupción y el narcotráfico. Estos los componentes que contendrá, así, el voto de las Elecciones Nacionales del Bicentenario. Un solo ejemplo: en Tarija, hacen tres lustros que no se puede construir la famosa Planta de Tratamiento de Aguas Residuales PTAR, que elimine las putrefactas aguas del barrio San Luís -una de las vergüenzas tarijeñas-, porque está manejada con visión de sociedad -negocio en licitaciones, adjudicaciones, cesión de terrenos y otros-; si estuviese tratado este tema con sentido de comunidad, ya se hubiese inaugurado hacen años. ¿Políticos y sociedad civil, se entiende…?


