Walter Chavarria *
La historia económica mundial ofrece ejemplos elocuentes de cómo los países gestionan la riqueza proveniente de sus recursos naturales. Noruega y Dubái convirtieron el petróleo en un trampolín hacia el desarrollo sostenible.
Noruega, en vez de despilfarrar su nueva riqueza, creo un fondo soberano, blindado a la política, con un capital de 1.800 billones de dólares (2024). Este fondo genera ingresos por inversiones en acciones tecnológicas, renta fija, bienes raíces e infraestructura en energías renovables. Este fondo también sirve como reserva financiera y como plan de ahorro a largo plazo para que tanto las generaciones actuales como las futuras se beneficien de la riqueza petrolera.
Es decir, su riqueza fue convertida en capital financiero, administrado con visión técnica y de largo plazo (bloomberglinea.com).
Dubái y los Emiratos Árabes Unidos, apostaron por la transformación económica-productiva: hoy son polos turísticos, comerciales y tecnológicos.
En cambio, Bolivia y Venezuela, cayeron en el laberinto del despilfarro y el colapso institucional. Bolivia nunca estableció algún mecanismo previsor y sostenible. Se priorizo “el gasto político”. Los ingresos se destinaron en gran medida a gasto corriente, a programas sociales sin sostenibilidad financiera y a una burocracia estatal cada vez más inflada. Proyectos emblemáticos, como plantas petroquímicas, empresas públicas o fábricas de urea, se convirtieron en símbolos de improvisación, sobrecostos y baja o nula rentabilidad. Así, la riqueza se esfumó en la coyuntura y no dejó un legado duradero.
Es innegable que los bonos sociales redujeron la pobreza en el corto plazo, pero al precio de perpetuar la dependencia y sin construir una base productiva sólida.
Durante la bonanza gasífera, Bolivia recibió ingresos extraordinarios por la exportación de gas a Brasil y Argentina. Fue un periodo irrepetible: la renta hidrocarburífera representó hasta el 55% de las exportaciones y engrosó las arcas del Estado como nunca antes. Sin embargo, la abundancia trajo consigo una tentación que ya había atrapado a otros países del “socialismo del siglo XXI”: gastar sin visión de futuro.
Hoy, la producción de gas está en alarmante declive, los mercados de exportación se reducen y el Estado enfrenta un déficit fiscal crónico. La bonanza se acabó, pero las obligaciones políticas y sociales creadas en tiempos de abundancia siguen pesando. El paralelo con Venezuela es vergonzoso, pero inevitable: ambos países gastaron el maná del subsuelo sin sembrar futuro sustentable y con oportunidades para su gente.
Venezuela por otra parte, se debate entre la crisis económica, fiscal, moral, energética y ambiental nunca vista, expulsando a millones de venezolanos de su propia tierra.
“La riqueza malgastada es un relámpago; la invertida con visión, un amanecer que dura generaciones.” (anónimo)
*Ciudadano
