martes, agosto 9, 2022
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Bolivia, meollo del narcotráfico y su influencia en la región sur del subcontinente

Eduardo Claure

Un titular muy obvio, pero, advirtamos su contexto, que, muestra los alcances de este emporio perverso en el área. El narcotráfico es una de las facetas que otorga mayores dividendos dentro del Crimen Organizado Transnacional, por tal motivo dicha actividad criminal avanzó globalmente a pasos agigantados en las tres últimas décadas, dicho avance se volvió más vertiginoso en Sudamérica, a partir de la Colombia de Pablo Escobar con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar y Sendero Luminoso en el Perú, brazos operativos narco paramilitares en aquellos países, que sembraron terror y crímenes entre los 70’ y 80’, focos apagados a principios de los 90’; a su influjo, sembraron su ideología expansionista del mal, logrando que se articule políticamente en Bolivia, sumisa a los influyentes Foro de San Paulo y el de Puebla, bajo la batuta cubana y sus consortes chinos, rusos e iraníes. Este foco narco ideológico, hoy, pretende acabar con la poca democracia liberal en Chile, Brasil, Colombia y Perú. Veamos, en este contexto, el caso especial de sus efectos en Argentina, únicamente, como ejemplo más próximo. Los países del subcontinente, y especialmente Argentina, han sido penetrados por el desenvolvimiento del narcotráfico, esta actividad anti sistémica, constantemente se alimenta de distintos factores, como lo veremos. El rol que cumple Bolivia dentro del engranaje del narcotráfico en Latinoamérica es importante para su crecimiento y expansión. La producción de hoja de coca, la corrupción, la falta de control por las autoridades estatales encargadas de tal función y el accionar de distintas bandas criminales tanto nacionales como extranjeras, hacen, que sea, una oportunidad propicia para el avance del crimen organizado y retroalimenta a sus similares en el vecino país, cuya historia relacionada al narcotráfico, obviamente no es reciente, sin embargo, varios factores exógenos y endógenos han contribuido para ello.
Esta problemática es muy compleja y más aún, sabiendo que Argentina se ha convertido en los últimos años en un país de tránsito, donde también ha crecido exponencialmente el consumo de cocaína, formando parte de una triangulación junto con Brasil y Bolivia, dando salida principalmente a la cocaína proveniente de Perú y Colombia, que tienen los índices de mayor producción de hoja de coca del mundo. Otro detalle a tener en cuenta es el constante crecimiento que tiene esta actividad ilícita dentro de Bolivia, que va paralela o conexa, al posicionamiento político y determinada estabilidad económica en los sectores antes deprimidos de la economía boliviana. El narcotráfico, presenta, como práctica social, ingredientes propios de actividades de alta modernidad, cuya hiper maleabilidad le permite adecuar sus modalidades y generar camuflajes que hacen por demás compleja a la actividad. Como delito transnacionalizado, hace porosas las facultades de los Estados-nación para su lucha y erradicación, constituyendo una actividad propia de un mundo globalizado. La alta rentabilidad que posee como actividad económica retroalimenta su complejidad, teniendo consecuencias de alto impacto en las sociedades que se encuentran “transversalizadas” por este fenómeno. Dadas las características mencionadas, el narcotráfico, atenta contra los propios cimientos del Estado-nación, disputándole el monopolio de la violencia, como sucede en México y como sucedió en Colombia y el Perú. Esto hace situar a la actividad íntimamente relacionada con las nuevas amenazas a la seguridad internacional. De esta manera, narcotráfico y conflicto armado se encuentran íntimamente relacionados. Al crimen organizado transnacional le gustan las oportunidades y la poca resistencia. Esta dinámica criminal, está centrada en los cambiantes patrones de consumo de drogas en la región, donde está, el segundo mayor consumidor de drogas ilegales del mundo: Brasil. El área, limita con el principal productor de cocaína del mundo, Perú, y con el principal productor de marihuana de Sudamérica, Paraguay. En la actualidad, los mercados domésticos de drogas de Chile y Perú están presentando un crecimiento, en lo que es, el corazón del comercio de narcóticos ilegales de Sudamérica; por ello, es un abanico de posibilidades para el asentamiento del crimen organizado transnacional, y, su influencia en la región sur de Sudamérica, especialmente Argentina, que, viene de un proceso de desestructuración de su economía y política en las últimas décadas, lo que incide, significativamente, en esta actividad criminal.
El narcotráfico no necesariamente tiene vinculación con las drogas. Aunque se trata de problemas muy vinculados, son diferentes. Las drogas son un problema social de salud pública y el narcotráfico es un problema político. Para el problema de las drogas sólo se necesita una intervención en el sistema de salud y el educativo. El abordaje del narcotráfico necesita comprender la doble naturaleza organizacional y política de esta modalidad específica del crimen organizado, que, por su desarrollo, se hace, en la actualidad, casi imposible tratarlo o combatirlo. Algunos factores que permiten el avance del narcotráfico en Argentina, es, como todo fenómeno, complejo, el narcotráfico se distingue por su multicausalidad, y, pueden agruparse en tres tipos: a) estructurales, relacionados con la economía y los procesos sociales de mediano plazo; b) geopolíticos, asociados al desplazamiento y la expansión de redes criminales de otros países y a la geografía del narcotráfico en sí y; c) político institucionales, referidos a los aspectos normativos internos de Argentina, como en otros países, insuficientes, débiles y proclives a su cooptación.
Entre los factores estructurales, mencionemos que, el narcotráfico no es nuevo en Argentina, empero, sí parece manifiesto un crecimiento en las últimas décadas de las actividades relacionadas a su desarrollo, así como tendencias antes inexistentes. En términos teóricos simplificados, puede afirmarse que cualquier organización criminal de envergadura dedicada al narcotráfico requiere al menos dos tipos de actores. Por un lado, los líderes o quienes organizan al grupo, que obtienen la mayor parte de las ganancias y pueden ser delincuentes de cuello blanco, y, de personas que no son parte íntegra del grupo, pero colaboran en algunos procesos, como el blanqueo de dinero. Por otro lado, está la mano de obra, sujetos que, son reclutados entre los sectores más jóvenes y vulnerables. Este sector ha crecido considerablemente en las últimas décadas y es posible mencionar lineamientos de por qué, esto ha sido así. Durante la totalidad del siglo XX, el gobierno argentino mantuvo una postura represiva para con los grupos criminales y en especial para con el narcotráfico. Esta perspectiva se solidificó durante la última dictadura militar que privilegió el control social y criminal por sobre la salud pública, la prevención y el bienestar. Durante los 90´, se llevaron a cabo, junto con una descentralización administrativa, medidas de corte neoliberal, que incluyeron privatizaciones, flexibilización laboral, y un rol pasivo por parte del Estado. Como resultado, hacia el final de la década se percibía un fuerte incremento de la pobreza y la desigualdad, hecho que, junto a otras circunstancias, derivó en la crisis del 2001 (piqueteros y cartoneros). Si bien, en el nuevo siglo la economía creció fuertemente, y se tomaron medidas mucho más intervencionistas, el impacto del crecimiento no fue igual para todos. En particular, los más afectados: los más jóvenes, pues según la Encuesta Permanente de Hogares de 2010, aproximadamente un 24% de la población de entre 18 y 24 años no estudiaba ni trabajaba y de ellos un 71% no buscaba trabajo. El desempleo juvenil era casi el cuádruple del desempleo en adultos (18,5% frente a un 5,1%). Además, una gran parte de quiénes sí trabajan, eran informales. Por otra parte, el problema es mucho más serio en los sectores más pobres. Un 51% de los jóvenes que no estudiaban ni trabajaban, provenían del grupo más bajo de la distribución de ingresos, y si se contempla también al siguiente grupo, el dígito es de un 77%. El estudio precisó, que, en Argentina el 54% de los arrestados en 2009 por delitos vinculados al tráfico de drogas, se hallaban desempleados (UNDOC, 2012).
En las últimas décadas, se han roto tres ramas fundamentales del desarrollo. Por un lado, el trabajo, pues en la década del 70´ más del 90% de los trabajadores argentinos se hallaban asegurados, lo que otorgaba un horizonte de estabilidad y la capacidad de articular un proyecto de vida en un mundo de certidumbre. Esta situación se deshizo en el último cuarto de siglo y con especial énfasis en los 90’, y más allá del avance en la última década, donde más de un tercio del trabajo es informal. En segundo lugar, el sistema educativo también se deterioró severamente, no sólo por un gran ausentismo de jóvenes, sino también, porque el mismo ha mutado su función, y muchas veces actúa como ámbito de educación primaria antes que secundaria, espacio donde los niños se alimentan antes que educarse. En tercer lugar, la familia se ha modificado de manera significativa, porque entre los grupos más vulnerables hay una fuerte presencia de familias monoparentales. Todo esto origina una alta presencia de jóvenes que llevan varias generaciones sin pasar por las instituciones de formación tradicionales y para quienes el sistema educativo, está en debacle. Todo este conglomerado de jóvenes, es más vulnerable a ser reclutado por las organizaciones criminales, constituyendo una enorme fuente de mano de obra barata. Si bien es cierto que les son útiles, a las organizaciones de narcotraficantes, para desarrollar las actividades más riesgosas, no debe dejar de recordarse que la interconexión entre el narcotráfico y otros delitos complejos, es altísima. Por ende, esta gran masa de jóvenes son víctimas y coagentes de manera simultánea de organizaciones criminales. Para ellos, las mismas representan, la salida más directa hacia una fuente de ingresos, pues, el mercado laboral formal los excluye, por sus exigencias propias.
Tal vez el mejor reflejo de esta situación, lo constituye un sucinto estudio realizado por el Colectivo de Acompañantes Juveniles del Instituto de Recuperación de Adolescentes de Rosario (2015), una ciudad particularmente afectada por la violencia entre bandas y pandillas, que entrevistó a cuarenta y ocho jóvenes de entre 16 y 18 años que se encontraban a principios de 2015 en el Instituto, por causas que van desde robos a homicidios. Entre los resultados más destacados, se hallan los siguientes: Respecto de las zonas de residencia, el 94% provenía de barrios periféricos. En cuanto a la escolarización, el 83% no terminó la escuela primaria y ninguno la secundaria. En lo referente a los lazos familiares, sólo el 23% vivía con ambos padres. Otro 23% no vivía con ninguno de los padres y el 44% vivía solamente con la madre. Además, el 21% tenía alguno de los dos padres fallecido y el 19% tenía alguno de los padres preso. Asimismo, el promedio de hermanos era de 5,8 (incluyendo hermanastros, dado que el 65% tenía medios hermanos). El 23% tenía al menos un hermano muerto por violencia o sobredosis y el 31% tenía algún hermano en prisión. El 40% tenía hijos, aunque sólo la mitad convivía con ellos El consumo de drogas comienza generalmente a los doce o trece años. Todos consumen sustancias psicoactivas. El 65% consumía cuatro sustancias o más, siendo el tabaco, la marihuana, la cocaína y los psicofármacos las más consumidas. La frecuencia era predominantemente diaria.
Entre los factores geopolíticos, además de estos factores de índole social, existe toda otra serie de factores de carácter geopolítico e histórico que favorecen el avance del narcotráfico en Argentina. Empecemos por el aumento del consumo que abrió una nueva fuente de demanda para las organizaciones de otros países, especialmente colombianas, con tasas de retorno más rápidas a la inversión. La presencia de Carteles en países como Bolivia, Perú, Argentina, España o Brasil, se enmarca en el denominado trasplante organizacional -en su dimensión criminal- centrándose en tres líneas: tráfico y alianzas para la comercialización al menudeo de cocaína; lavado de activos y; refugio de cabecillas, que suelen instalarse como prósperos empresarios. El tráfico hacia Europa desde países como Argentina y Brasil comenzó a implicar menores riesgos de incautación que el tráfico desde Colombia. El trasplante de los carteles a países como Argentina se dirigió hacia los centros urbanos más poblados. Esta expansión de los carteles hacia países del cono sur, trajo aparejado un aumento del consumo en esas zonas: incluso cuando podía considerarse a Argentina como un país únicamente de tránsito, muchos de los pagos comenzaron a hacerse directamente con droga y eso tendió a aumentar el consumo. Con el crecimiento de las bandas locales, las mismas comienzan a cooptar a ciertos estratos del poder, por un lado, y a ganar lentamente legitimidad por el otro, sobre todo en los barrios más pobres, donde al Estado le cuesta más llegar, a pesar de los avances que se han dado luego de la crisis de 2001. Otro de los motivos que incentiva a los criminales a situarse en las villas y barrios precarios, es un factor meramente situacional, pues la geografía de las mismas hace que la llegada de las Fuerzas del orden sea más dificultosa. Por otro lado, el descenso en el flujo de cocaína desde Venezuela hacia África fue compensado por el traspaso de droga desde Brasil y Argentina. Todo ello es parte de una nueva geografía del narcotráfico, en donde ha aumentado la demanda por parte de países europeos y africanos, y ha disminuido la demanda de cocaína por parte de Estados Unidos, trasladándose la misma, hacia las drogas sintéticas. La situación de Argentina -país portuario- ayuda en este sentido. En este contexto, Argentina ingresa como una zona en la que puede completarse el circuito de producción que se inicia en Perú, Colombia y Bolivia, en parte debido al desarrollo de su industria química, que permite que se constituyan factorías medianas y pequeñas, que, dada la crisis económica y política de las dos últimas décadas, se ha generado el clima ideal para la expansión perversa de este mal en el vecino país. Bolivia, si, es un elemento de expansión -al igual que Colombia y Perú-, pero el contexto político argentino, hace el resto.

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