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Bermejo: del legado productivo a los desafíos de la frontera

Bermejo ocupa un lugar singular en la historia económica de Bolivia. Fue allí donde se encendieron los primeros motores de la explotación hidrocarburífera, un proceso que marcó un antes y un después para el país. Los pozos bermejeños fueron testigos de cómo Bolivia descubría que, además de ser una nación minera, podía convertirse en potencia energética. Ese pasado explica por qué el nombre de Bermejo está inevitablemente ligado al origen de la riqueza petrolera y gasífera que, durante décadas, sostuvo el desarrollo nacional.

Pero Bermejo no solo fue energía. Supo diversificar su perfil productivo y, con el cultivo de la caña y la industria azucarera, se consolidó como un polo agroindustrial en el sur del país. Ingenios, alcoholes y derivados dieron forma a una economía local que generó empleo y que, además, estrechó los lazos de intercambio con el norte argentino. La frontera no fue un límite, sino un puente: comercio, cultura y trabajo circularon de un lado al otro, recordándonos que la integración regional es, en Bermejo, una experiencia cotidiana.

Sin embargo, el presente contrasta de manera dolorosa con ese pasado de esplendor productivo. Hoy, Bermejo vive una economía sustentada principalmente en el comercio informal, sostenida por la dinámica de frontera y la diferencia cambiaria con la Argentina. En lugar de un polo agroindustrial consolidado, se observa un mercado dominado por la subsistencia, donde la falta de empleo formal obliga a miles de familias a sobrevivir en la informalidad.

A esto se suma una realidad todavía más dura: Bermejo ha sido catalogado como zona roja por la expansión del narcotráfico y por los delitos de trata y tráfico de personas. La frontera, que antes era sinónimo de integración y de oportunidades, se ha convertido también en terreno fértil para actividades ilícitas que ponen en riesgo no solo la seguridad de sus habitantes, sino también la credibilidad de las instituciones encargadas de custodiar el territorio.

Frente a este panorama, es urgente recuperar la visión estratégica de Bermejo. No se trata de añorar el pasado, sino de rescatar su potencial histórico y geográfico. Su cercanía con los mercados argentinos y con el Mercosur debería ser aprovechada para reactivar la agroindustria, diversificar la producción y generar empleos dignos. El Estado, los gobiernos locales y la sociedad civil deben comprender que dejar a Bermejo a merced de la informalidad y del crimen organizado no solo condena a la región, sino que debilita la frontera misma del país.

Bermejo nos recuerda, al mismo tiempo, lo que fuimos y lo que podemos volver a ser. Pero también nos alerta sobre lo que ocurre cuando se descuida un territorio estratégico: la frontera que ayer fue símbolo de desarrollo hoy lucha por no ser devorada por la informalidad y la ilegalidad. El desafío es grande, pero la historia demuestra que Bermejo tiene la fuerza y la vocación productiva necesarias para reinventarse.

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