Tarde o temprano, todas las guerras acaban y normalmente lo hacen en la mesa de negociaciones. Y, como en cualquier negociación, suelen surgir desacuerdos sobre los objetivos, rencores, traiciones y recriminaciones.
Cada uno de estos podría manifestarse en Anchorage cuando el presidente Donald Trump y el presidente Vladimir Putin se reúnan en la Base Conjunta Elmendorf-Richardson, en el primer encuentro cara a cara entre los líderes estadounidense y ruso desde la invasión a Ucrania hace tres años y medio. Y los escenarios que podrían desarrollarse son tan impredecibles como los propios líderes, ambos rebosantes de confianza en que, en un encuentro personal, pueden manipular los acontecimientos y manipularse el uno al otro.
Podría ser un fracaso desde el principio. Trump dijo antes de salir de Washington que si se presentaba solo a una conferencia de prensa conjunta, el mundo sabría que no se iba a llegar a ningún acuerdo con Putin, sobre quien Trump predijo en una ocasión que podría resolver la inextricable guerra en 24 horas.
O, según dijo Trump el jueves, si hubiera un progreso real, podría permanecer en Alaska y pedirle al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, que volara hasta allí, lo que “sería, por mucho, la forma más fácil” de mediar.
Pero es difícil imaginar que cuestiones tan complejas como las que giran en torno a la mayor guerra en Europa desde 1945 puedan resolverse en una sola sesión en una base aérea de Alaska.
Las líneas divisorias son simplemente demasiado profundas, incluso van más allá de la cuestión de dónde trazar las fronteras entre Rusia y Ucrania, 11 años después de que Putin se anexionara Crimea y empezara a apoderarse de partes del sur y el este de Ucrania. Llegan hasta el desacuerdo central sobre si Ucrania tiene derecho a existir dentro de sus fronteras actuales. Putin ha dejado claro que el este de Ucrania le pertenece a Rusia, lo que constituye la base de su justificación para una guerra que ya ha causado más de un millón de bajas.
Por ello, Trump podría tener que tomar una decisión fundamental: ser un “árbitro neutral” en este conflicto o ser un socio en la defensa de Ucrania, un papel que ha rechazado sistemáticamente.
“Se trata de la cumbre ruso-estadounidense más importante de la última generación, y se juega el todo por el todo”, dijo R. Nicholas Burns, quien fue el embajador estadounidense ante la OTAN de 2001 a 2005, un periodo que incluyó la expansión de la OTAN a los países bálticos y a otros cuatro estados bajo la presidencia de George W. Bush.
Putin, dijo el exembajador, está tratando de dividir a Estados Unidos de sus aliados de la OTAN “convenciendo al presidente Trump para que obligue a Ucrania a hacer concesiones territoriales, límites a su ejército y quizá incluso un retroceso de las posiciones militares de la OTAN en Europa del Este”. Burns fue recientemente embajador en China, país que, según señaló, está observando atentamente el resultado de la cumbre para adivinar si Trump acudiría también en ayuda de Taiwán.
“Tal resultado relegaría a Ucrania a ser una dependencia de la Madre Rusia y le permitiría a Putin salirse con la suya en su invasión criminal”, añadió. “También crearía una enorme ruptura en la OTAN entre Estados Unidos y sus aliados europeos y canadienses e incluso llevaría a su posible desintegración”.
Pocas veces se ha producido una cumbre presidencial en la que el resultado parezca, al menos desde fuera, menos guionizado, menos previsible. He aquí algunas cuestiones clave que podrían surgir como indicadores en los procedimientos.
Una primera prueba para buscar un alto al fuego
Ucrania y Europa dicen que no puede haber una negociación sin que las partes acuerden primero un alto al fuego, aunque sea de duración o amplitud indeterminadas. Y no está claro si Putin está dispuesto a firmar uno, sobre todo porque sus soldados han estado logrando importantes avances últimamente.
Así pues, parece probable que el alto al fuego sea el primer punto del orden del día, al menos para el presidente Trump, quien ha dicho que su prioridad número 1 es detener la matanza. (Su prioridad número 2 puede ser ganar el Premio Nobel de la Paz, el cual ha sugerido muchas veces en los últimos días que merece con creces). Esa será una primera prueba para Putin, quien podría simplemente fingir interés.
Luego está la cuestión de las fronteras y si Putin y Trump intentarán redibujar el mapa de Europa, como hicieron Stalin, Churchill y Franklin D. Roosevelt en la conferencia de Yalta de 1945.
Stephen Sestanovich, un académico del Consejo de Relaciones Exteriores que, como funcionario del Departamento de Estado de EE. UU., desempeñó un papel clave en la gestión de la desintegración de la Unión Soviética, señala que Trump ha descrito “dos versiones diferentes de lo que va a ocurrir”. En una, “estará en modo de escucha”, simplemente oyendo a Putin. Eso parece poco probable, dado que ya conoce las opiniones de Putin tras largas llamadas telefónicas, y porque Trump, por predisposición, rara vez está en modo de escucha.
La espinosa cuestión del ‘intercambio de territorios’
Trump ha planteado otra versión de las conversaciones, una en la que él y Putin empiezan a negociar un “intercambio de territorios”.
La frase pone nerviosos a Zelenski y a los funcionarios europeos, porque sugiere que Trump podría intentar ceder territorio que Rusia no ha ganado militarmente, a cambio de otro territorio, tal vez incluyendo el control sobre la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa. Actualmente está bajo control de los rusos.
Sestanovich señala que los aliados europeos y los ucranianos “no quieren ni intercambio de territorios ni modo de escucha”.
“No quieren que el presidente averigüe lo que piensa Putin”, dijo. “Quieren que intente cambiar lo que piensa”, y eso significa amenazar de forma creíble con aumentar el armamento de Ucrania y darle más ayuda de inteligencia, junto con sanciones a los envíos de petróleo ruso.
The New YorkTimes en Español
