lunes, junio 15, 2026
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Ajusticiaron a la democracia los parásitos del espíritu

Eduardo Claure

El conferenciante, el predicador, el orador, el político, he aquí ejemplos del engaño de sí mismo practicado por el alma humana hacia sus oyentes: la comunidad de su país. Vinieron con promesas de cambio. De progreso. De desarrollo. De equilibrio social y económico. De nuevas libertades y derechos. De sepultar la República y nacer al Estado Plurinacional. Así, contrariamente, mataron a la democracia, a los derechos, a la justicia, a la democracia.

El alma cuya vida se arraiga en la predicación y la oratoria pública lleva una vida parasitaria, una vida tomada en préstamo a las almas que excita e ilusiona, viene con discurso arrollador. Se anima en la agitación que induce en otros, goza las punzadas de conciencia que despierta en otros de la comunidad, de la nación. El hombre ordinario -no el Hombre Nuevo- no tiene otra expresión de conciencia que la pena; no tiene enmienda de su pecado que el arrepentimiento, que nunca llega. El orador no se siente nunca turbado por escrúpulos de conciencia. Su conciencia encuentra adecuada expresión en la corrección de los otros, porque trae nuevos paradigmas. Se embriaga con los tormentos morales, sentimientos penitentes y disposiciones caritativas que evoca en sus semejantes, que le creen, lamentablemente. Profiere ilusiones que los anteriores no les dieron. Reclama para todos: bienaventuranzas.

El hombre ordinario no puede satisfacer las exigencias del Bien, de no ser que salga a ejecutar un acto bueno; pero, para ello no tiene capacidad. No así el predicador político originario. Después de exhortar a los demás a las buenas obras, queda satisfecho de haber pagado generosamente sus deudas del Bien. En el caso de los hombres ordinarios, no de los Hombres Nuevos que evocaron, pues estuvieron dieciocho años llamando a los demás a rendir cuentas morales, difícilmente se llamaron nunca así mismos a rendir cuentas. Bolivia debió guardarse de estos predicadores.

El alma de estos oradores puede considerarse mutiladas desde su nacimiento. No se enriquecieron desde su propio centro. Son almas vueltas al revés, siempre dirigida hacia afuera, a un auditorio externo ignaro. Pobre en su interior, tomó riquezas de sus oyentes, de su auditorio comunal. Poco recato tuvieron. Hablaron con facilidad. La insolencia fue siempre ágil de lengua. Todo es profano para un alma así: individual y colectiva; hablaron, pues, altisonantemente de la santidad de sus propósitos. Sin embargo, todo era frío en su interior. Encendieron fuego en los corazones ajenos, calentaron a estos fuegos, pero nunca fueron encendidos por ellos. Sólo el racismo les brindó calor interior. Hasta cuando lucharon por la verdad estuvieron movidos por la falsedad: descolonizar dijeron. La corriente principal de su ser es lo patético. Por esta ruta del patetismo desahogaron sus buenos sentimientos hasta quedar vacíos. Su forma es la de un embudo. Bolivia debió guardarse de estos oradores. El pueblo no tuvo capacidad de semejante lectura, menos los “políticos democráticos” de oposición. Se quedaron sin discurso, ni propuesta alternativa. Solo mascullan esfuerzos de pensamientos o ideas, no de pasiones nobles por el país y su gente. Y, se dicen -también- salidos del pueblo…

Algunos ciudadanos temen la sencillez y la claridad, -la política en Bolivia, siempre fue así- buscan siempre la confusión: en ella prosperan, cuanto MÁS confunden mejor. Les place confundir sus vidas y cargarse de toda clase de detalles molestos, la actividad por la actividad sin ningún fin ulterior superior. Por ello terminan como están terminando. Así, hay una clase de personas que inician toda suerte de tratos comerciales o políticos, no por ganancia, sino por amor de hacer negocios o política. Cuanto más penoso es el trato, tanto más les gusta, aunque obtengan con él poca ganancia, suficiente fue sentirse parte de ese negocio, aunque sólo obtuvieron réditos de pobreza, la que siempre tuvieron. Se apresuraron, corrieron, se precipitaron, empujaron y ahora son empujados, confundieron y se confundieron, no por una ninguna necesidad real, sino por puro placer enceguecedor de su vana política. La molestia de hoy, la que sufren, es un goce para ellos. Alivia su alma. Es más, solo las adormece en lo envilecido que están con sus partos y cólicos interiores que no terminarán con rostros nuevos, procesos de recambio, sino con sus consabidos lemas hartos de resentimiento, odios y vocinglerías fatuas de un mañana suizo, que nunca llegó, ni llegará por manos ineptas.   

Mucho más que ser honrado y admirado, se desea honrar y admirar alguna cosa o persona. Es MÁS, ofrecía ser como Suiza en quince años bajo un líder genuino. La necesidad de admirar es una de nuestras necesidades humanas fundamentales. En realidad, es un deseo de maravilla y entusiasmo, de ensanchamiento de nuestras vidas por su sujeción a algo superior y exaltado: seria Bolivia andina como Suiza alpina. De ello surgió la necesidad de encontrar un sujeto digno de admiración, la necesidad de una encarnada representación de nuestro ideal de líder y de país. Gran fiasco. Gran error. Gran estafa. Ni andina, ni alpina, únicamente enclaustrada más que antes, sin un mar de gas, pero, eso sí, hundida en un maremágnum de corruptela criminal y desinstitucionalización que ha llevado a la administración del Estado a un abismo casi insalvable.

Hay personas que, no siendo lo bastante sinceras consigo mismas para complacerse una vez por todas en una transgresión de que se dan plena cuenta, pasan su vida entera en un estado de semi engaño: creen ser líderes y capaces de transformar el entorno y su realidad. Sus actos son siempre medio éticos medio in-éticos, Sus pecados se mesclan con virtudes, sus crueldades son atenuadas por una mezcla de piedad y olvido, la no memoria de sus maldades. Así se salvan de tener conciencia de su culpa y jamás, nunca, reconocen su culpa. Este tipo de seres, se encuentran con frecuencia entre los hombres que actúan en la vida pública, en ambas aceras o veredas del espinoso camino de la política boliviana. Por lo tanto, podemos presumir qué, en el despliegue de todas las formas del genio, no se hallará en la actual coyuntura política, al genio moral. Ni en la derecha, en el centro y menos en la izquierda. Pero, alguien o algunos deben hacer el esfuerzo de modificar en positivo esta realidad, oscura y enceguecedora, que no lleva a nada. El pueblo boliviano aún espera que aparezca un liderazgo individual o colectivo hacia las elecciones del 2025. No un genio de lámpara mágica, sino un liderazgo visionario, individual o colectivo. No de oriente o de occidente: este es un falso discurso distractivo que muestra una dicotomía igualmente falsa que contrapone y no cohesiona. El buscado y ansiado liderazgo de formula debe partir de visión integra como país, no de regiones hartas de fundamentalismos autonomistas o federalistas, que anteponen intereses que distancian, que no aproximan y más bien separan. Pareciese que las “revoluciones” generadas post la guerra del chaco, la del 52, la era del militarismo golpista, de la UDP, la de pactos y cupos neoliberales, hasta la del proceso de cambio, no enseñaron nada. Se necesita desterrar a los parásitos del espíritu político para recuperar la democracia y la institucionalidad.