InicioBoliviaA Santiago luego de 20 años, sobre el vuelo inaugural de BoA

A Santiago luego de 20 años, sobre el vuelo inaugural de BoA

Redacción Central-BOLINFO (05-05-2025).- La mesa para la conferencia está a la espera de aquellos que la ocuparán. Mientras tanto, los periodistas acomodan la posición de sus micrófonos y “meten cuerpo” con tal de no perder su lugar en la aglomeración. El lugar: la sala de preembarque para vuelos al extranjero en el Aeropuerto Internacional Viru Viru. Son las siete y media de la mañana.
Puede que todos los días nos regalen algo nuevo, pero no todos los días vivimos una primera vez. En este caso, se trata del vuelo inaugural de BoA a Iquique y Santiago de Chile. Y el ambiente grita ‘noticia’.

Mientras llegan las autoridades, la mesa del desayuno es atacada por unos primeros tímidos que rompen el hielo y dan rienda suelta al resto para servirse cuñapés, café y jugo. Será un día predominado por dos acciones: volar y comer.
Una vez todos están en sus lugares, las cámaras apuntan a Édgar Montaño, ministro de Obras Públicas, Servicios y Vivienda; Mario Borda, gerente general de BoA; Gloria de la Fuente, vicecanciller chilena; y Fernando Velasco, cónsul chileno en La Paz. Podría hablar aquí de las “palabras del lado chileno y las del lado boliviano”; sin embargo, hay un aire de hermanazgo en sus discursos.

No se hace referencia a un pasado conflictivo sino a un presente colaborativo que mira ansioso al futuro. Las palabras de las autoridades giran en torno a los más de 300 000 bolivianos que residen en Chile —en el norte, principalmente— y a las nuevas posibilidades comerciales. Para ambos, la nueva ruta aérea no es menos que un hito.


La vicecanciller chilena Gloria de la Fuente llegó un día antes a Santa Cruz —hasta entonces solo conocía La Paz— para estar en el vuelo inaugural. Menciona la gran cantidad de chilenos y bolivianos que se mueven entre ambos países a lo largo del año, tanto por motivos familiares como turísticos y comerciales.

Tras la conferencia, De la Fuente recibe con toda la buena onda a los periodistas que se le acercan, luce un pin del símbolo de Venus con la bandera chilena y resalta la idea de que ambos países trabajan en una “agenda positiva” para beneficio mutuo, ya que, entre otras cosas, bolivianos y chilenos ahora pueden homologar sus licencias de conducir en el país del otro, y se suprimieron las visas diplomáticas.


Ya en el avión, una errata del capitán lo empuja a anunciar el vuelo con destino a Arica. Corrige como si nada hubiera pasado y ya todos tienen la certeza de que el rumbo es a Iquique. No obstante, a pesar del error, BoA sí estudia ofrecer la ruta a Arica eventualmente, según explica su gerente. Hay más destinos potenciales dentro del continente y de Europa, pero por lo pronto el avión está por despegar hacia el Pacífico.


Frente a los asientos espera un regalo de la aerolínea. Se trata de una especie de kit viajero que contiene un antifaz para dormir, un cepillo de dientes, un peine, tapones para los oídos y unas fundas que, a falta de confirmación, deben ser medias. Estos regalitos serán otra constante a lo largo de las siguientes trece horas.


Pasada una hora, desde la ventana del avión ya puede verse la división entre la gran masa azul que es el mar y la gran masa café claro que es el desierto chileno. Una carretera costera dibuja la silueta que divide la sequedad y el agua. Llegamos a Iquique a las 11:20, hora boliviana y chilena, pues no hay diferencia. Afuera se ve a los periodistas locales tomando fotos del avión y a la espera de las autoridades. La voz de la azafata anuncia que la prensa será la primera en bajar del Boeing y nos ponemos de pie para hacerlo.
El Aeropuerto Internacional Diego Aracena es una mancha gris en medio de otra gran mancha café. Alrededor no hay casas ni carreteras ni nada. Muy lejos de lo que son, por ejemplo, los aeropuertos de El Alto, Cochabamba o Tarija, el de Iquique está fuera de la ciudad y en completo aislamiento.

Supuestamente, 50 minutos lo separan de la civilización. Tampoco se siente ese aroma salado a mariscos, ese olor a mar. No estamos tan cerca de la costa.
La recepción dentro de la sala de preembarque es abundante en cultura local. Unas azafatas reparten bolsas de tela con presentes mientras el barman termina de servir los últimos vasos. En el fondo hay unas mesas con camarones ensartados y demás aperitivos que no duran mucho.

Antes de empezar, se entonan los himnos nacionales; cada parte entona el suyo apenas con murmullo.
A continuación, los números musicales. Primero, una pareja representa una cueca chilena. Él con poncho y sombrero y ella, de vestido rojo y blanco, agitan los pañuelos y bailan tanto con el cuerpo como con el rostro. Es como si las expresiones faciales fueran parte de la coreografía, porque cualquiera que no los conozca podría pensar que realmente están enamorados. Pero cuando la música calla, los semblantes vuelven a la seriedad. Luego viene la cachimba, también con pañuelos blancos, pero de vestimenta más sencilla e interpretada por una pareja mayor.

Antes del turno de Bolivia, el maestro de ceremonias confunde el sambo caporal con la morenada, cuyos trajes tienen en un hombro la bandera boliviana y en el otro, la chilena. También una de las bailarinas luce el traje con los colores rojo, azul y blanco.
Inicia la segunda conferencia de prensa, que en realidad no tiene preguntas por parte de los periodistas. Se repiten los protocolos de la primera en Santa Cruz. Bolivia y Chile se tratan de hermanos mutuamente.

El ministro de Obras Públicas, Edgar Montaño, ha traído regalos. Se refiere al singani como “licor tarijeño” y, junto a él, entrega productos elaborados con quinua y dice que antes veía “de manera nublada a los hermanos chilenos”. Una televisión anuncia el siguiente vuelo con destino a Santiago; son las 12:37.
Cuando está libre y podemos acercarnos, el gerente de BoA Mario Borda nos explica cómo se gestionó la nueva ruta a Santiago.

No entiendo nada de aviación y mucho menos de las directrices que rigen el tráfico aéreo, por lo que en mi mente habilitar un nuevo vuelo internacional era cosa de meses de trámites y burocracia; sin embargo, este trayecto se planteó como una posibilidad hace menos de ocho semanas, cuando el nuevo gerente asumió el cargo. Y aquí estamos, junto a esa tentadora mesa con pinchos de camarones en el aeropuerto de Iquique. No es un hombre de muchas palabras, además de lo mencionado, se refiere a los nuevos destinos que baraja para la aerolínea. A ver dónde más estará aterrizando BoA el próximo año.
De vuelta en el avión, el vuelo es otra vez anunciado con destino a Arica, lo que genera algunas risas amistosas entre los pasajeros. En dos horas aterrizaremos en Santiago, dos horas de un paisaje árido y monocromático. También hay belleza en el desierto.

En medio del vuelo, hay juego de preguntas sobre BoA. Se lanza la interrogante desde el intercomunicador y quien tiene la respuesta aprieta el botón que llama a la azafata; si acierta, gana un premio. Un extrabajador de BoA se lleva dos.

Para bajar en Santiago se vuelve a dar prioridad a la prensa. A pesar de no estar en contacto directo con la intemperie, el primer paso fuera del avión recibe el golpe de un frío seco. Más de uno se arrepiente de haber dejado su abrigo en el avión. La tercera y última conferencia de prensa del día está por empezar.

En ella, el maestro de ceremonias chileno menciona que el último vuelo de una aerolínea boliviana a Santiago de Chile fue hace dos décadas, cuando era responsabilidad de Lloyd Aéreo Boliviano.

También se da pie a una nueva mesa de aperitivos con empanadas y otras masitas fritas, acompañadas por gaseosas locales. Es lo último que queda antes de regresar a Bolivia en un vuelo que supera las tres horas.

Si alguien quisiera hacer el mismo trayecto Santiago–Santa Cruz por tierra, tendría que aguantar un viaje de más de 30 horas.
Pero aquí estamos, sobrevolando Argentina para volver a casa.

Luego de Santa Cruz, espera otro vuelo inmediato a Cochabamba y luego otros a La Paz y Tarija, según corresponda. Los que más volaron estos últimos dos días para cubrir el vuelo inaugural habrán despegado al menos seis veces en menos de 48 horas.

Tanto subir y bajar abre un poco la perspectiva sobre el trabajo de pilotos y azafatas.
Se reparte la última bolsa de regalos, que contiene un cuaderno, dos posavasos y un sticker, todos con la temática de la aerolínea, más un chocolate El Ceibo.

También llega la cena. Para cuando se anuncia el aterrizaje en el Aeropuerto Internacional de Viru Viru, muchos duermen. Afuera y abajo se empiezan a dibujar las siluetas de las calles cruceñas por la noche.

La ciudad está empezando la noche, por decirlo de alguna manera. Todos quieren llegar a sus casas, pero antes hay que pasar por Migración.

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