
Con el paso del tiempo, lo relativo al transporte urbano, al tráfico vehicular, es un caos, una serie sucesiva de errores o actos negligentes que dejaron que el problema se haga cada vez más grande y complejo, la ausencia de decisiones y planificación han contribuido de manera contundente a complicar la situación. El crecimiento de la población y con ella el mayor requerimiento de medios de transporte propio y público, es otro factor al que podía haberse disminuido su efecto, previendo y planificando. Hoy la realidad es otra y no nos gusta.
De alguna manera somos todos los que logramos que reine el desorden, ya que desde donde nos encontramos, nuestro papel sólo revela nuestra falta de educación y conocimiento sobre el tema, de cómo debemos comportarnos como conductores y peatones, como transportistas y usuarios. El ir por donde cada uno quiere y hacerlo como cada uno elige, simplemente desnuda la fórmula del conflicto, micros que se detienen por todo ello, igual que taxis y particulares, que no respetan carteles «PARE» ni luces rojas en las esquinas, que sobrepasan por la derecha sin saber porqué sólo se debe hacer por la izquierda, en fin, una cadena casi infinita de elementos que componen un rosario de falencias que caotizan el diario vivir.
Seguimos creyendo que las instituciones públicas deberían destinar por lo menos el 40% de su publicidad obligatoriamente a educar a la población en diferentes aspectos, el mal mayor es ese, la falta de educación porque si bien el desconocimiento o la ignorancia inciden también, no consideramos que influyan tanto, pues cuando estamos en un país que no sea el nuestro… cambiamos automáticamente y nos comportamos mejor.
No existen fórmulas mágicas para trabajar sobre un asunto tan difícil como es el de reordenar el tráfico vehicular, sin recurrir a profesionales en el área que dejen de lado la improvisación y subestima con las que se ha venido tratando hasta hoy. Sin duda implica una gran dosis de trabajo y voluntad política, alejada del prevendalismo y la «venta de humo» a la que nos tienen acostumbrados quiénes nos dirigen, ya que se tocarán todo tipo de intereses, anticipando que la conclusión y la solución son objetivos muy ambiciosos.

