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La creación del mito tarijeño

Pablo Pizarro Guzmán

La Casa Chica es el espacio y tiempo en el que habitamos, sentimos, hablamos, convivimos y pensamos a diario. Es Tarija. Ahora, que desde un teléfono móvil prestamos atención al mundo, dada la aceleración tecnológica global, tal vez, sería oportuno desacelerar para observar lo cercano, lo próximo, lo que nos cobija día a día. Desde esta óptica, no planteo un manual de soluciones, como una pastilla o una fórmula que resuelva los problemas, ya que existen más dudas que certezas. Sigan de recto aquellos que buscan lo primero. A los segundos, propongo compartir la orfebrería de la conversación con pensamiento. ¿Cuál es el faro que podría guiarnos como pueblo al futuro? Nos referimos a ese faro que alumbraría hasta en la mismísima oscuridad, lo que permitiría ser una guía, una hoja de ruta para el presente y las futuras generaciones.Durante principios del siglo xxi transitamos la cima del gas y la autonomía, es decir aumentaron los recursos públicos económicos y a la vez se luchó ante la recentralización del país. En la actualidad, sabemos que el gas se hizo gas y la autonomía quedó trunca, ante la afrenta masista de construir un sistema totalitario de poder. ¿Y después del post gas qué?, ¿cuál es nuestra ideología, es decir el sistema de creencias que soporta las conductas, actitudes y acciones compartidas y de largo aliento por el bien común, cómo vemos y nos paramos ante el mundo y la vida como pueblo en un devenir socio histórico? Para ello, podríamos ponernos a pensar en: 1. el mito fundante 2. la conciencia regional y 3. cuál es nuestro imaginario común, durante este tránsito de cuarto de siglo, en el marco de la cuarta revolución mundial, como es la omnipresencia de la tecnología. Vamos por el punto 1: Si observamos un hilo común desde la historia, podemos afirmar que Tarija tuvo un mito: la resistencia hegemónica al centralismo político, en su momento con Buenos Aires y después con la sede de gobierno (La Paz), fenómeno que fue sucediendo en diversos periodos de la historia política (revolución nacional del 52), cada cual con matices propios. ¿Y ahora cuál es nuestro mito?, la respuesta es cero, nada. Al respecto, quienes tendrían que construir una tesis no lo han hecho. Menos aún la élite, que se la pasa adormilada e hipermonetizada y hablando del próximo «pasanaku». En fin: anestesiados. Si a esto le sumas que no existen las ciencias sociales, porque las universidades no cuentan con estudios de historia, sociología, literatura, antropología, ciencias políticas, cine, filosofía y más etcéteras. Así, el faro no se encenderá nunca jamás. En tanto, en este periodo de tiempo, al parecer la construcción del mito pasa por el turismo, como si fuera la salida a nuestros males, haciéndonos creer que nos salvaría de los siete pecados. O sea, un reduccionismo instrumental llevado al extremo, porque la crisis que atravesamos es multidimensional, en otras palabras: supera la buena voluntad de colocar guirnaldas y hacer zapatear a nuestros artistas. El turismo es el medio y no el fin. El turismo es una construcción de políticas públicas alineadas. El turismo es inversión privada y regulación pública efectiva. El turismo es antes que nada arte y cultura. ¿Estamos a tiempo de revertir esta debacle? No lo sé. Más todavía con la escalada brutal de la Inteligencia Artificial, que viene a degradar la empatía, hospitalidad, análisis crítico y el sentido común de la cultura de un pueblo. Ingresamos a la hora clave para que las élites y las dirigencias dejen de cavar trincheras y se ocupen en construir puentes con diálogo y consensos de profundas convicciones. Entonces, tenemos que construir la idea de que aquí podríamos tener un gran futuro. Hablar de una visión creíble de cómo podríamos convivir. Necesitamos de un mito, de algo que podamos crear con ilusión sobre esta tierra. Necesitamos recuperar el asombro y la admiración por Tarija. Como consecuencia, vendría bien construir un Primer Pacto Verde por el futuro, un manifiesto que cuente nuestro pensamiento.

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