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La nueva mesopotamia del vino

por Sergio Blumes

El robo de Sinchi Tumpa

A finales de febrero de 1997, un grupo de arqueólogos y paleógrafos tarijeños encabezado por el Historiador del Valle de la Concepción, Mario Pastrana, exhumaba de los soterrados anaqueles de lo que fuera la Biblioteca de Asurbanipal, en la extinta ciudad de Nínive (cerca de Mosul), un frondoso códice en papel amate que reproducía en idioma quechua los contenidos de la duodécima tablilla del Poema de Gilgamesh, cuya nunca dilucidada desaparición Yalal Gazi y otros investigadores del mundo islámico -pero es también la versión oficial del Estado iraquí- vinculaban a las expediciones de saqueo en tierras babilónicas por las tribus bárbaras de los casitas, promediado el segundo milenio antes de nuestra era.

El hallazgo, que pasadas las pruebas del peritaje caligráfico eliminaba toda discrepancia acerca de la existencia real de la famosa «tablilla perdida», tuvo amplia repercusión en los medios de todo el mundo. La información que se suministró al público en base a las declaraciones -escuetas- hechas a la prensa por Pastrana y los científicos que lo acompañaron, indicaba que la Tablilla XII había sido añadida a modo de apéndice en fecha posterior a la de la epopeya (establecida hacia la primera mitad del segundo milenio a. C.), y consistía de una colección de cantares épicos compuesta de 12.000 versos, divididos en doce cantos. A este dato, de carácter didáctico, se añadía uno de mayor interés: la lectura del códice hacía presumir a sus descubridores que, contrariamente a lo que afirmaban los estudiosos árabes, la tablilla había sido ocultada o destruida por los propios sumerios, toda vez que los hechos que relata debieron considerarse lesivos de la mitología y los sentimientos nacionales.

Como era de preverse, el gobierno iraquí de Ghazi Mashal Ajil no tardó en hacer público su repudio de esta conclusión (que, cautelosamente, no rebatía) y en cuestionar los móviles de los especialistas mediante un comunicado de la Cancillería donde se advertía un capcioso interés por enaltecer las letras del Altiplano andino, invocando para ello el concurso de escribas amerindios en la composición de la narración escrita más antigua de la historia. Años más tarde, el diario El Andaluz, de Tarija, difundía una noticia más inquietante: el gobierno pro-kurdo de Yalal Talabani que sucedió al de Ghazi, juzgando por una información filtrada por un miembro shiita del gabinete, había instruido al director de los Servicios de la Inteligencia recuperar el códice. El mandatario de la nación andina instruyó de inmediato al Ministerio del Interior indagar el rumor, que probó cierto; se elevó una queja formal en las Naciones Unidas en que se insinuaba la posibilidad de una ruptura de relaciones. Afortunadamente, la tentativa de Talabani no prosperó: cuando los agentes encubiertos del Centro Criptológico y Inteligencia Militar iraquíes aterrizaron en El Alto, el documento se hallaba protegido en una caja de seguridad de la Oficina del Historiador de Uriondo (Pastrana, por lo demás, había tomado la precaución de preservar en el gobierno del municipio una ficha en microfilm y otros diez ejemplares en fotocopia).

La traducción al castellano del códice y su estandarización en forma de prosa fueron realizadas en 1999 por Luis Argandoña. Entre los años 2000 y 2004, diferentes fragmentos fueron publicados por los suplementos literarios de Le Monde y de Página 12.

La transcripción de la Tablilla XII narra el cruce del océano Pacífico en una canoa hecha de bambú y varas de colihue por el legendario cacique churumata Sinchi Tumpa, su posterior travesía por tierra desde Kioto hasta Uruk (Baja Mesopotamia), el robo en el templo de Erido de los secretos sobre el cultivo de la vid y la fabricación del vino (de que hasta entonces los astrólogos y sacerdotes sumerios eran únicos depositarios) y su difusión en la región del actual departamento boliviano de Tarija.

La mayoría de los estudiosos considera el viaje del curaca un hecho histórico, acaecido hacia finales del siglo XVIII a.e., cuando ya había asentamientos churumatas en lo que es hoy la provincia de Avilés. Datos más recientes obtenidos en el territorio de fuentes no especificadas, dictaminaban que los secretos de que Sinchi era portador serían develados ante el Mikuchkay (nombre genérico para el Consejo de Ancianos) para luego divulgarse, en un tiempo relativamente corto tras el retorno del cacique, entre los campesinos más cualificados de las comunidades indígenas al sur del actual Departamento de Chuquisaca, esto último en ritos de iniciación que presuponían la obligación de protegerles de las comunidades fuera del territorio chanés y de los ávidos mercaderes foráneos (lo cual explica que no se hubiesen ventilado nunca al mundo exterior). De las averiguaciones realizadas, infieren los investigadores que los secretos se transmitieron de siglo en siglo por tradición oral sin sufrir alteraciones. A falta de otra evidencia más directa en torno a la odisea de Sinchi, se admite como prueba el que fuese precisamente a partir del XVIII a.e. que comienza a desarrollarse la viticultura en Avilés, adquiriendo resultados particularmente notables en el Valle de la Concepción.

En 2018, un equipo de lingüistas, filólogos e historiadores tarijenses convocados por el alcalde del Valle, José Gira, recogió y publicó los cantares traducidos por Argandoña bajo el título de El Robo de Sinchi Tumpa, con un prólogo de Pastrana sobre la hazaña -o fechoría- de aquel Prometeo indígena, y la leyenda de la introducción del vino en la provincia. La importancia de esta publicación fue tal que en Avilés se celebra como fecha fausta el 28 de febrero, día en que circularon los primeros ejemplares del libro.

Después, el viñatero y folklorista don Jesús Romero se dedicó a reunir -e, inevitablemente, retocar- leyendas subsidiarias de la original que conforman el acervo cultural de la región. Para ello recorrió a pie la provincia entera penetrando hasta regiones muy apartadas. El título elegido para su floresta: La Nueva Mesopotamia del Vino (2025), que da nombre a la presente serie de artículos, se inspira en los comentarios emitidos por algunos de los más avalados enólogos del pasado siglo -el doctor Zacharias Topelius entre ellos-, quienes no dudaron en arriesgar su crédito al afirmar que, por lo que refiere a la calidad del vino y las cepas que aquí crecen, la zona delimitada por los ríos Camacho y Nuevo Guadalquivir había desplazado en importancia a aquella del Oriente próximo en que se cree nacieron las primeras vides, y que por mucho tiempo recibió fama de ser la que producía los mejores vinos, a saber, los montes Zagros y el valle del Tigris y el Eufrates.

El libro describe con gracia algunas de las costumbres asociadas al ceremonial del vino en el Valle, tales como la de derramar en el suelo parte de la bebida luego de degustarla (un antiguo rito pagano que guardaba la pretensión de «restaurar el equilibrio y la simetría del universo»), o la de favorecer los deseos libándola a través de una manguera (costumbre que mantenían las tribus diaguita y churumata), o los inusitados brindis, preludiados por narraciones sin conexión aparente con el evento que solían concluir -poniéndose a prueba el ingenio del orador- con una inesperada «vuelta de tuerca».

En la compilación de Romero, que ha incorporado algunas de estas curiosas costumbres al folclor del Valle D’Vino, y que cuenta en su foja de fabulista con un peculiar registro de relatos para los brindis, se añaden otras razones a las ya expuestas por los enólogos para justificar la idea de una «Nueva Mesopotamia». He aquí un especial interés en destacar que, más allá de la excelencia del producto, el culto del vino en la sociedad valluna presenta características que la distinguen de las prácticas ceremoniales tales como se observan en otras culturas. Para resaltar esas diferencias, el autor hace mención de algunas de las más conocidas, como los banquetes de la antigua Grecia, en que los comensales se pasaban el jarro de derecha a izquierda atendiendo un riguroso orden de jerarquías, o las célebres bacanales de la disoluta aristocracia romana, originalmente instituidas para honrar al dios Baco y que pronto degeneraron en orgías donde la ingesta de la «bebida sagrada» -devenido mero afrodisíaco- no cumplía otra finalidad que la de excitar las pasiones sensuales. En contraste con estas, apunta Romero, «en el Valle ellas sirven una intención mucho más elevada, raramente contemplada en otras partes. Se trata de una magnífica ocasión para exaltar el placer de los sentidos, desde luego, pero que trasciende con mucho dicho propósito: compartir la copa de vino representa ante todo un acto de unión y camaradería; es el mejor pretexto para afianzar viejas amistades y promover otras nuevas, sellando relaciones de hermandad entre los asistentes sin distinción del rango social ni preeminencias de ninguna clase. Es esta connotación simbólica que singulariza nuestras ceremonias como una tradición en lo fundamental gregaria y democrática, equiparable al ritual del mate en el Río de la Plata y del narguile en el Asia Menor».

He estado presente en una de esas ceremonias en «El Valle D’Vino», durante las festividades del patrón Santiago. Alrededor de la larga mesa confraternizaban trabajadores, vendedores ambulantes, abogados, ignotos visitantes y autoridades del municipio. Al momento de los brindis, el anfitrión propuso un relato que ofrecía un insólito (quizá irreverente) epílogo a la historia de Sinchi que generó estas notas. No parecerá mal que las cierre ahora con sus palabras, eximiéndome de comentario:

«Tras cruzar el océano alcanzó el viejo cacique el litoral americano en la bahía de Iquique, amarró la canoa de bambú al tronco de una algarroba y, llevando en el morral los secretos del templo de Erido, desanduvo el camino hacia su tierra cruzando a pie el desierto costero, la áspera cadena de altísimos cerros. Al llegar a las orillas de su querido Guadalquivir lloró de felicidad, lloró largamente.

«Alguien le vio. Pronto el pueblo entero se reunió con él.

«El recién llegado se secó los ojos; dijo: ‟El que vaya a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del Guadalquivir, recibirá de mi mano un hermoso regalo».

«Nadie se atrevió a sumergirse en las frías aguas del río. Pero un pato azul que acostumbraba bañarse en él y explorar en sus profundidades, oyó sus palabras. El viejo cacique le dijo: ‟¡Oh, pato querido! ve tú a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del río, y recibirás de mi mano ese regalo».

«El pato chapuzó bajo las claras ondas del Guadalquivir buscando las lágrimas del cacique; sondeó el oscuro légamo, recogió sus lágrimas y salió a la superficie a depositarlas en su mano. Pero una maravillosa metamorfosis se había operado en ellas: se habían convertido en finas perlas resplandecientes, para ornato de la hija del héroe, princesa de la tribu, para eterna alegría de la gente. El viejo cacique obsequió entonces al pato un tonel del mejor vino.»

Don Jesús hizo en este punto un breve silencio y, luego, paseando la mirada entre los presentes, alzó la copa y remató el apólogo con una severa admonición: «‟Repudiad la costumbre bárbara de meter en la copa una tostada».»

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