InicioOpiniónCOYUNTURA – EL TIRANO CERCADO EN SU ESTADO DE SITIO

COYUNTURA – EL TIRANO CERCADO EN SU ESTADO DE SITIO

Por Roberto Márquez

La política boliviana transita por una paradoja grotesca: usar la victimización internacional para encubrir una tiranía territorial implacable. En el Trópico de Cochabamba —especialmente en Shinahota y Lauca Ñ— la Constitución ha sido pisoteada por los hechos; allá rige el control absoluto y el miedo. Bajo la paranoia de que el gobierno de Rodrigo Paz ha pactado su captura con la administración estadounidense, el caudillo cocalero ha transformado su refugio en una auténtica prisión para sus propias bases.

La caída de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 expuso un modelo de supervivencia totalitaria que hoy replica Evo Morales. Lauca Ñ opera bajo la misma lógica de guerra asimétrica que blindó a Fuerte Tiuna en Caracas: microestados de facto e inmunes. Para resguardar la impunidad del líder a costa del libre tránsito ciudadano, las fuerzas del orden son sistemáticamente hostigadas y expulsadas de la zona.

Lejos de confiar en la seguridad de organismos constitucionales, estas estructuras oscuras se sostienen sobre anillos coercitivos. Mientras Maduro usó colectivos armados, Morales comanda guardias sindicales y grupos de choque que imponen toques de queda armados a partir de las 22:00 horas. Su estrategia defensiva radica en instrumentalizar el tejido social como escudo humano desechable, diseñado para elevar el costo civil de una intervención mientras el autócrata duerme protegido en su búnker.

Este repliegue forzado demuestra que Lauca Ñ no es un bastión ideológico, sino la geografía del miedo. En su desesperación por evadir la justicia, el caudillo endiosado terminó paramilitarizando y encarcelando a su propio santuario. Para el populismo radical, la «libertad del pueblo» termina exactamente, donde empieza el riesgo de que el líder rinda cuentas ante los tribunales, arrastrando en su caída a las estructuras corporativas que sostuvieron su régimen.

Para medir la gravedad de la crisis institucional, basta examinar el colapso moral de la Central Obrera Boliviana (COB), convertida en apéndice corporativo del populismo nefasto del Socialismo del Siglo XXI. Al igual que en los regímenes fascistas del siglo pasado, el sindicato dejó de pertenecer a los trabajadores para funcionar como un aparato de control político subordinado al culto a la personalidad del cocalero.

Esta sumisión es el resultado de veinte años de domesticación prebendal y cooptación financiera desde el poder central. Al abdicar de la defensa de los asalariados, la COB ha validado métodos de presión violentos e incompatibles con la democracia. La articulación de bloqueos y el despliegue de grupos de choque bajo la fachada de los Ponchos Rojos del sector Túpac Katari evidencian una estrategia de terrorismo que busca privar de alimentos y combustible a las ciudades para blindar un microestado inmune a la legalidad republicana.

Aislado internamente, el evismo intentó volcar su estrategia al plano internacional importando activistas de la ultraizquierda y el kirchnerismo argentino para usarlos como escudos comunicacionales. Simulando misiones humanitarias, ingresaron de forma irregular para fabricar noticias falsas (fakenews) y presionar a organismos multilaterales con la ficción de que en Bolivia se vive una dictadura. Sin embargo, las autoridades migratorias desarticularon la farsa al constatar que los operadores mintieron en sus declaraciones juradas. El fraude fue tan flagrante que el propio Gobierno argentino desautorizó a la comitiva, respaldando las decisiones soberanas de Bolivia.

La tensión interna en el Trópico coincide con un giro drástico en la doctrina de seguridad regional. El secretario de Defensa de EE. UU., Pete Hegseth, anunció la ampliación de operaciones de precisión en América Latina, cambiando el cálculo de riesgo para los caudillos investigados por la justicia internacional. Hegseth confirmó la neutralización quirúrgica en territorio venezolano de Héctor «Niño Guerrero», líder del Tren de Aragua, fijando un precedente complejo: “Invitaron a nuestro ejército porque tienen una organización terrorista en su territorio… pudimos identificar dónde estaba y matarlo, tal como mataríamos a Al Qaeda o a ISIS”.

Este quiebre, sumado a la caída de Nicolás Maduro en Caracas —el principal pulmón ideológico, financiero y logístico del Chapare—, quebró la paciencia de la sociedad boliviana. Gremios productivos asfixiados y colectivos urbanos debaten abiertamente la pertinencia de invitar a agencias y fuerzas especiales extranjeras para ejecutar las órdenes de aprehensión contra Morales. Ante la parálisis operativa del Estado para ingresar al Trópico, la opción de una intervención foránea se convierte en una demanda social legítima contra la impunidad.

El error de cálculo de Morales es terminal. Creer que convertir al Chapare en una republiqueta de facto lo vuelve intocable es un suicidio estratégico: solo perfecciona la justificación internacional para una intervención militar norteamericana. El radicalismo del MAS dinamitó los puentes de la República para proteger los delitos comunes de su líder, convirtiendo su propio santuario en una trampa de ratas. El asilo internacional se acabó, el padrino de Caracas está preso y Lauca Ñ es un blanco de las coordenadas, un objetivo militar evidente. Cuando se desafía al Estado con la violencia, el desenlace no es la negociación, sino la capitulación forzosa o la extirpación quirúrgica de un tumor que el país ya no puede soportar.

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