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Una alerta que Tarija no puede ignorar

La identificación de casos de fiebre amarilla en el territorio nacional, vuelve a encender las alarmas sanitarias en el país y plantea una pregunta inevitable: ¿qué tan expuesta está Tarija frente a este riesgo? Si bien históricamente el departamento no ha sido considerado una zona endémica, la dinámica actual de movilidad poblacional, los cambios climáticos y la presencia del mosquito vector obligan a asumir una postura más vigilante que confiada.

La fiebre amarilla es una enfermedad viral transmitida por mosquitos infectados, principalmente del género Aedes aegypti y Haemagogus. Su letalidad, en casos graves, puede ser alta, y su capacidad de propagación depende en gran medida de factores ambientales y de la cobertura de vacunación. En este contexto, pensar que Tarija está completamente a salvo sería un error de cálculo.

El departamento mantiene vínculos constantes con regiones donde el riesgo es mayor, ya sea por razones comerciales, laborales o familiares. El tránsito de personas desde zonas endémicas puede facilitar la introducción del virus, especialmente si existen condiciones propicias para la reproducción del mosquito vector. A ello se suma un elemento preocupante: la relajación progresiva en las campañas de vacunación y en la percepción de riesgo por parte de la población.

Por tanto, la preocupación es legítima, pero debe traducirse en acción concreta y oportuna. Las autoridades en salud tienen la responsabilidad de anticiparse a los hechos y no limitarse a reaccionar cuando los casos ya estén presentes. La primera medida ineludible es reforzar la vacunación preventiva, especialmente en personas que viajan hacia o desde zonas de riesgo. La vacuna contra la fiebre amarilla es segura, eficaz y, en muchos casos, la diferencia entre la contención y un brote.

Asimismo, es imprescindible intensificar las campañas de vigilancia epidemiológica. Esto implica no solo mejorar la capacidad de diagnóstico temprano en centros de salud, sino también establecer mecanismos de seguimiento de posibles casos sospechosos. La detección precoz puede evitar la propagación del virus y reducir su impacto.

Otro frente clave es el control vectorial. La eliminación de criaderos de mosquitos, el uso de insecticidas y la educación ciudadana para evitar la acumulación de agua estancada son medidas que deben ser sostenidas en el tiempo, no solo activadas en momentos de crisis. La experiencia con otras enfermedades transmitidas por mosquitos ha demostrado que la prevención comunitaria es tan importante como la acción institucional.

Pero más allá de las políticas públicas, existe una responsabilidad compartida. La población debe asumir un rol activo en la prevención, acudiendo a los puntos de vacunación, informándose adecuadamente y colaborando con las medidas sanitarias. La indiferencia o la desinformación pueden convertirse en aliados silenciosos de la enfermedad.

Tarija tiene la oportunidad de adelantarse a un escenario adverso. No se trata de generar alarma innecesaria, sino de actuar con prudencia y previsión. En materia de salud pública, la prevención siempre será menos costosa —en términos humanos y económicos— que la reacción tardía.

La aparición de la fiebre amarilla en Bolivia no debe ser vista como un problema ajeno. Es, en realidad, una advertencia clara de que ningún territorio está completamente aislado frente a los riesgos sanitarios.

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