Escribe: Roberto Márquez
Si algo ha dejado patente la sucesión de convulsiones sociales en nuestra historia reciente, es una verdad ineludible: el populismo y el oportunismo jamás han servido como cimientos para el desarrollo sostenible de una nación.
La historia de la humanidad es un testigo insobornable de esta premisa, y Bolivia, lamentablemente, se ha convertido en un ejemplo cíclico de ello. Lejos de construir prosperidad, estas prácticas actúan como un corrosivo institucional que acelera la decadencia y erosiona el tejido social.
El espejismo de los «años del socialismo del siglo XXI»
No hace mucho tiempo bajo la hegemonía de un gobierno de tendencia populista. Fuimos testigos de una bonanza que, mal administrada bajo lógicas clientelares de despilfarro. Lo vimos repetirse con dramática intensidad en los últimos días de aquel período nefasto: una desconexión total entre el discurso oficial y la realidad de la calle.
El resultado final es una herida abierta: no se logró cimentar una estructura productiva duradera. Hoy, ese fantasma regresa, pero con una mutación peligrosa. Ya no se trata solo de ideologías, sino de una guerra intestina en la cúpula del poder.
La fractura del Ejecutivo: Lara contra Paz
La actual administración enfrenta una crisis de gobernabilidad que no proviene de la oposición, sino de sus propias entrañas. La disputa pública que pretende instalar el vicepresidente Lara, contra el presidente Paz, ha dejado de ser una mera diferencia de criterios para convertirse en un espectáculo de oportunismo político.
Mientras el presidente Paz intenta mantener una línea de gestión, las fricciones con el ala representada por el vicepresidente Lara sugieren una bicefalía tóxica. Resulta evidente que, en lugar de remar hacia un puerto común, se están utilizando la vicepresidencia como trinchera.
«La disputa en las alturas del poder tiene un costo que no pagará EDMAND LARA, sino el ciudadano de a pie que ve amenazada la gestión pública.»
La inmadurez y la intriga, de este clima de confrontación corre el riesgo de contagiar al Legislativo.
Los diputados recién elegidos, deben ser los garantes de la democracia, del estado de derecho que la política de Estado requiere sutileza e inteligencia, no solo estridencia. Evitar por todos los medios posibles que nunca más a Bolivia retorne el viejo populismo aquel derrotado socialismo del siglo XXI.
La deuda real: Democracia, Dignidad, Libertad y respeto a los derechos humanos. Sí bien existe una desconexión abismal entre la «agenda» del VICEPRESIDENTE con el Palacio Quemado y la realidad boliviana en grave situación económica y crisis a todo nivel. Los sectores laborales, intelectuales, etc. merecen mucho más que tik toks, o apariciones protocolares en RRSS; ellos merecen atención y condiciones laborales dignas, frente a una inflación que muerde y una canasta familiar que ya no alcanza.
Es inaceptable que, mientras se gastan recursos y tiempo en viajes sin fundamento o en disputas de poder, el salario de un maestro o un médico sigue siendo una miserable variable de ajuste.
Conclusión: El desarrollo sostenible no se decreta en discursos encendidos ni se logra mediante zancadillas políticas entre mandatarios. Bolivia necesita superar la etapa del caudillismo y el oportunismo.
La disputa que plantea el vicepresidente Lara debe cesar y dejar de secuestrar el futuro del país. La historia nos enseña que los gobiernos que priorizan la lucha interna sobre el bienestar común no solo fracasan, sino que son juzgados con severidad por las generaciones futuras.
Es hora de abandonar el populismo nefasto de una buena vez y abrazar la gestión democratica seria a la cabeza del presidente Rodrigo Paz 🕊️. ¡El país ya no puede esperar más!.
