
Eduardo Claure
Serán consecuencia de las bajas temperaturas. Quizás la falta de vacaciones. Tal vez, confundir un proyecto de ONG con gobernar y dirigir la ALP. Puede que la luz al final del túnel de las elecciones del Bicentenario sea demasiado lejana y provoca dislates. Lo cierto es que las semanas precedentes nos ha dejado un rosario de comentarios políticos dignos de un buen programa de humor o teleteatro. Si no fuera porque son verdad nos permitiríamos unas buenas carcajadas, pero es que el señor Choquehuanca, casi como siempre, en oportunidad de sus discursos dentro y fuera del país, provoca titulares bastante interesantes. Lo hizo en España en marzo, a propósito de presentar su libro “Geapolítica del vivir bien”. La autoridad sostuvo que esa visión política es una alternativa para construir una cultura de la vida “en nuestro multiverso”. En abril, el vice del Estado, David Choquehuanca, descalificó a los profesionales no indígenas tildándolos de ladrones y flojos durante su discurso en la 1ra cumbre de profesionales de la provincia Pacajes, del departamento de La Paz, también en abril, ante una multitud provincial espetó: «Nos hemos quedado sin plata hermanos, nos estamos prestando, por culpa de los golpistas» y, así.
La intolerancia es la desesperación de no tener razón. A esa situación límite se llega cuando existe el convencimiento de estar en posesión de la verdad, a causa de ocupar una posición de dirección o de poder. El cargo conllevaría el monopolio de la verdad. De ahí que quien está a cargo, siempre tiene razón y nunca se equivoca. Por consiguiente, no debe ser cuestionado, sino solo obedecido cumplidamente. Sin embargo, pese a estas curiosas creencias, es imposible desterrar la duda de si, en realidad, se está en posesión de la verdad, si las decisiones son acertadas y si las acciones emprendidas conducen a la meta deseada. La incertidumbre y el miedo a no tener razón desembocan en la intolerancia. La intransigencia y el sectarismo esconden mucho miedo e inseguridad. El vice y presi de la ALP, así lo muestra.
En lugar de explicar y argumentar, de escuchar con atención y consentir con magnanimidad, el intolerante condena e insulta. La crítica de la que es blanco privilegiado el político y el gobernante le resulta insoportable. Solo admite la alabanza y la adulación. No es la voz del pueblo ni de nadie. Más bien, levanta su voz. En sentido estricto, no grita, sino agita los titulares en los medios y en las RR.SS. Pero la agitación, por muy voluminosa y vociferante que sea, no significa tener razón. Todo lo contrario, es miedo a no tenerla. De alguna manera sospecha que sus argumentos no son tan fuertes como quisiera. Intenta suplir lo que le falta de verdad iluminadora y transformadora con la saturación de las redes, lo cual le genera la sensación de seguridad y fortaleza que la razón, tercamente, le niega. Pero eso no impide que la ausencia de realidad transformada se cierna como una amenaza imponderable. Choquehuanca rey de titulares. La racionalidad ha quedado desplazada por la pasión, cada vez más ciega en apoyo de los propios y en contra de los de enfrente, los de la oposición y los del propio partido. Lo grave es que esta discordia política se ha instalado en los medios, en las RR.SS., y en buena parte de los ciudadanos. La supuesta democracia deliberativa se ha transformado en una discusión entre sordos, alimentada incluso desde el mundo profesional y político por personas que deberían mostrar reflexión y sosiego. Cada presentación y arenga ante “sus iguales”, solo confunde y distorsiona los hechos de la coyuntura. Las semanas pasadas el desatino político se apoderó de la ALP a la cabeza de Choquehuanca, convirtiéndose en ring o en circo.
Se trata de recuperar el sentido común y anteponer la convivencia al fanatismo identitario, con los que matiza sus discursos, los de inicio o fin de gestión, que cierra o inicia mentando al cóndor, los cerros o las piedras. Son muchas las insuficiencias, las incompetencias y la mala fe que anidan en el ánimo de algunos responsables políticos del MAS-IPSP y de la “derecha” boliviana, que tal como el vice, van alimentando los desvaríos, fabricando mentiras y acusando de su falta de decisiones, propuestas y soluciones al Gobierno de Catacora, procurando poner todos las barreras y obstáculos para combatir la desigualdad, y generando una atmosfera del deterioro de los sucesos que se muestran de la MÁS alta corrupción pública, narcotráfico y contrabando. Qué duda cabe que, en el mundo, en Europa y por supuesto en Bolivia, estamos viviendo momentos difíciles, y hay algunos integrantes de la fauna política que ante la proximidad de las Elecciones Nacionales del Bicentenario, se ponen muy nerviosos y se entregan al desvarío en modo de incontinencia verbal, y dicen cosas que lejos de aportar soluciones alternativas empeoran las cosas, se tornan inútiles y perjudiciales, y diera toda la impresión de que se han vuelto locos, políticamente hablando. Pero los desvaríos del señor vice, son de Ripley. Nos encontramos con demasiado ruido, en el que demasiada gente termina confundida, y lo que es peor contrariada, cuando debería estar satisfecha y contenta, por haber conseguido en poco tiempo conectar con caminos beneficiosos y soluciones positivas para afrontar y superar situaciones adversas que estos dieciocho años de desastre económico y político se han dado.
También en los desvaríos con el personalismo de algunos personajes que producen deterioro, descapitalizan y desprestigian públicamente aquello que dicen defender, y dentro de esta borrasca hemos sabido de los casos de corrupción en el la administración pública, con personas imputadas, entre ellas altos ejecutivos, sospechosos de recibir dinero de diversas fuentes con imputaciones distorsionadas y que finalmente caen sobre los despojados de poder. Mientras, a los desvaríos de quienes deberían ejercer su papel de agentes políticos, sociales y económicos, hay que contraponer las soluciones que no viene dado por Gobierno y que ha demostrado que su objetivo fundamental no había sido mejorar la vida de la gente; hechos que la “oposición”, ”la derecha”, no demuestran capacidad para sellar una alternativa de modelo económico, social y político que ofertar al soberano. Falta casi nada para el 2025, así lo hace ver las campañas tempranas y las pugnas ciertas o falsas.
La intolerancia es característica de ejecutivos públicos y gobernantes muy pagados de sí mismo y de su poder. Paradójicamente, la intolerancia niega lo que procuran afirmar. Sostienen estar en posesión de la verdad, custodiar la seguridad y ofrecer prosperidad. En la práctica, mienten, no protegen ni distribuyen bienestar. La intolerancia se alimenta de una combinación perversa de ignorancia, incompetencia y miedo insufrible al fracaso. El deseo intenso e irracional de absolutez pierde al intolerante. La búsqueda de una seguridad absoluta aniquila la libertad y sofoca la vida, al convertirla en un infierno, que es lo que vive el boliviano actualmente. El vice, no demostró ser parte de aquella reserva moral de la humanidad y únicamente muestra sus desvaríos, cada vez más huérfano de raciocinio.


