InicioEditorialLa universidad y el riesgo de perder su esencia

La universidad y el riesgo de perder su esencia

Las universidades públicas bolivianas atraviesan, desde hace décadas, una permanente tensión entre su misión académica y la intensa actividad política que caracteriza al sistema de cogobierno docente-estudiantil. La participación democrática de estudiantes y docentes constituye un valor importante, pero cuando la política deja de ser un instrumento para fortalecer la institución y se convierte en un fin en sí mismo, la universidad corre el riesgo de apartarse de su verdadera razón de existir: formar profesionales competentes y generar conocimiento al servicio de la sociedad.

No se trata de cuestionar la participación política ni el derecho de los diferentes estamentos a expresar sus posiciones. La universidad, por naturaleza, es un espacio de debate, pensamiento crítico y pluralismo. El problema surge cuando las disputas electorales internas, los conflictos gremiales, las pugnas por espacios de poder y las movilizaciones terminan ocupando más tiempo, recursos y energías que la enseñanza, la investigación y la extensión universitaria.

En Bolivia es frecuente observar procesos electorales internos prolongados, paralizaciones de actividades, conflictos entre autoridades y sectores universitarios, además de discusiones que muchas veces responden más a intereses particulares o políticos que a una visión de desarrollo institucional. Cada jornada sin clases, cada semestre alterado y cada proyecto académico postergado tiene un costo que finalmente pagan los estudiantes y, por extensión, toda la sociedad que financia el sistema universitario público.

El país necesita ingenieros, médicos, abogados, economistas, maestros, científicos y técnicos preparados para responder a los enormes desafíos del desarrollo nacional. Sin embargo, cuando la prioridad institucional se desplaza hacia la confrontación política, la calidad académica inevitablemente se resiente. La actualización de los planes de estudio se posterga, la investigación pierde impulso, la innovación queda relegada y la formación práctica de los estudiantes se vuelve insuficiente frente a las exigencias del mercado laboral.

La autonomía universitaria, una conquista histórica que debe ser defendida, tampoco puede interpretarse como una licencia para descuidar la excelencia académica. Por el contrario, esa autonomía implica una mayor responsabilidad frente a la sociedad. Las universidades administran importantes recursos públicos y reciben la confianza de miles de familias que depositan en ellas las esperanzas de un futuro mejor para sus hijos.

Resulta indispensable impulsar una profunda cultura de evaluación institucional basada en resultados. La calidad de una universidad no debería medirse por la intensidad de sus disputas internas, sino por sus tasas de graduación, la calidad de sus egresados, la producción científica, la innovación tecnológica, la inserción laboral de sus profesionales y el impacto que genera en el desarrollo regional y nacional.

También es momento de revisar los mecanismos de gobernanza universitaria para evitar que los procesos electorales y las disputas internas paralicen la vida académica. Es posible fortalecer el cogobierno sin convertirlo en un escenario de confrontación permanente. Para ello se requieren reglas claras, calendarios institucionales que garanticen la continuidad de las actividades académicas y mecanismos eficaces de resolución de conflictos que impidan que las diferencias políticas afecten el derecho de los estudiantes a recibir una educación de calidad.

Al mismo tiempo, debe promoverse una carrera docente basada en el mérito académico, incentivar la investigación, fortalecer la vinculación con el sector productivo y exigir procesos permanentes de acreditación y evaluación externa. La universidad debe ser un espacio donde prevalezca la excelencia, no la lógica de las cuotas de poder.

La sociedad boliviana espera mucho más de sus universidades. Espera instituciones que formen ciudadanos críticos, pero también profesionales altamente capacitados, capaces de innovar, emprender y contribuir al crecimiento económico y al bienestar colectivo. Esa misión no puede quedar subordinada a intereses coyunturales ni a agendas políticas internas.

La universidad tiene el privilegio y la responsabilidad de formar el capital humano que definirá el futuro del país. Toda actividad política que contribuya a fortalecer ese objetivo será bienvenida. Pero cuando la política desplaza a la academia y convierte el conflicto en la norma, la universidad pierde su esencia.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

LO MÁS LEIDO