Por qué es necesario el aburrimiento

Solemos ver el aburrimiento como algo negativo. Sin embargo, son múltiples los estudios que demuestran lo contrario: el aburrimiento puede influir sobremanera en la creatividad, animándonos a ser más productivos.

José A. Cano

El aburrimiento es el «cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada»; al menos, eso es lo que dicta la Real Academia de la Lengua Española. De forma más clara, el aburrimiento es no tener nada que hacer. Algo que hoy entendemos como propio de niños pequeños o, vía las exigencias actuales, de personas poco productivas. En frase maternal: si te aburres es porque quieres. La filosofía ha reflexionado en multitud de ocasiones sobre este estado de ánimo que a veces llamaba melancolía, pero la psicología y la pedagogía modernas empiezan a decir justo lo contrario que esta disciplina: no es que aburrirse no esté mal; a veces, lo necesitamos.


El confinamiento –o confinamientos– del último año y medio ha supuesto un desafío en este sentido. La obligación de parar en un sistema económico y un contexto social que nos piden estar siempre en movimiento ha enfrentado a las personas al peligro de dos extremos: el aburrimiento absoluto y la hiperconexión, con el teletrabajo invadiendo espacios antes reservados a la intimidad. El filósofo español Enrique Sobejano defendía en pleno abril de 2020, a sus 97 años, su capacidad a aburrirse –o quizás todo lo contrario– limitándose a escuchar a Beethoven o ver películas antiguas.

La exigencia de las pantallas, que nos acompañan a todas partes mezclando el ocio y el trabajo, hacen imposible aburrirse
También otros filósofos de peso –como Heidegger o Kierkegaard– reflexionaron en sus obras sobre el aburrimiento como tedio; como una forma mediante la que el individuo acababa separándose del mundo que lo rodea, desinteresándose por él. Así, Kierkegaard consideraba que el peor de los destinos de una nación era sucumbir a la decadencia por aburrimiento. El danés llegó incluso a proponer reformas sociales y económicas que lo evitasen, forzando la rotación en los trabajos agrarios o –no sin cierta sorna– los matrimonios.

No obstante, la ironía de Kierkegaard tendría poco sentido hoy en día, cuando nuestro problema es, aparentemente, que no nos aburrimos lo suficiente. Según la socióloga Juliet Schor, en la actualidad –o al menos en el mundo inmediatamente anterior a la pandemia– los estadounidenses dedican más horas a trabajar que nunca desde los tiempos de la Gran Depresión. La exigencia de las pantallas, que nos acompañan a todas partes, mezclando el ocio y el trabajo, así como la urgencia de los cambios constantes, hacen imposible aburrirse.

A partir de los trabajos realizados por Schot y el teórico alemán Hartmut Rosa, Simon Gottschalk ha propuesto la necesidad de «dejar de hacer para poder ser». Aunque pueda sonar a un principio de autoayuda, Gottschalk se apoya en investigadores daneses que comprobaron cómo aumentaba el rendimiento de estudiantes que abandonaban las redes sociales durante una semana. Lo mismo ocurría, por ejemplo, con los neurocientíficos, que constataban cómo el retiro en la naturaleza incrementaba el rendimiento cognitivo.

En España, el pedagogo Alberto Sánchez Rojo ha propuesto que el aburrimiento debe ser tratado como una competencia educativa más, igual que el lenguaje o las matemáticas. La capacidad para aburrirse en un mundo hiperconectado, en una realidad que está constantemente exigiendo nuestra atención –sostiene Sánchez–, ayuda a crear individuos independientes y capaces de comprender mejor los textos a los que se enfrentan, así como de crear una subjetividad fuerte; un ‘yo’ crítico que comprende mejor el mundo que lo rodea precisamente porque tiene la capacidad de alejarse de él. Es decir: debemos enseñar a los niños a que se aburran para que, así, puedan aprender mejor. El aburrimiento es conflicto, y donde hay conflicto hay pensamiento y, por tanto, soluciones; aburrirse dispara la creatividad.

Santiago Alba Rico: «Hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar»
También el filósofo Santiago Alba Rico ha dedicado varios textos al elogio del aburrimiento como una forma de rebeldía. En uno de ellos es posible advertir una frase magistral: «Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una, obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar». Y rescata casos como el de la novelista Rosa Chacel o la poetisa Sor Juana Inés de la Cruz, que afirmaban que sus mejores ideas les habían venido, precisamente, cuando se aburrían envueltas en tareas tediosas o, directamente, no haciendo nada.

Arthur Schopenhauer no parecía estar, en un principio, al tanto de estas bondades: creía que este estado de ánimo era, junto al dolor, uno de los grandes enemigos del ser humano. No obstante, el alemán mantenía que precisamente por bascular entre uno y otro estado la humanidad conseguía avanzar. Es decir que, al igual que los pedagogos contemporáneos, el filósofo sostiene la necesidad de buscar tener una vida interesante, si bien no tanto para que se vuelva peligrosa. Como decían Les Luthiers, otros combatientes contra el aburrimiento, «no soy un completo inútil: al menos sirvo de mal ejemplo».