Opinar sin leer, o la falacia del hombre de paja

Polémicas que linchan dialécticamente a figuras públicas por argumentos que nunca han dicho, o que se reciben sin contexto. Escritores acusados de defender justamente lo contrario de lo que estaban opinando. ¿Por qué tendemos a atacar líneas de pensamiento aparentemente discordantes con la nuestra sin pararnos a analizar?

José A. Cano

Un corte de dos minutos en una conferencia de una hora en un acto celebrado en La Moncloa, donde abordó el reto de la España Vacía dentro del plan 2050 elaborado por el Gobierno contra la despoblación, sirvió para que la escritora Ana Iris Simón quedara crucificada en las redes sociales, o bien categorizada como portavoz de varias posiciones que nunca ha defendido. Hace un año y medio ocurría algo similar con el premio Nacional de Narrativa por Lectura fácil y su autora, Cristina Morales, a la que –de nuevo– se le sacaban de contexto unas declaraciones irónicas sobre el turismo y las protestas en Barcelona en una entrevista más larga, lo que fue suficiente para muchos como para calificar su libro de ‘malo’. La cuestión es: ¿Por qué generamos una opinión sin profundizar en una realidad que no conocemos?

Se podría decir que cada dos minutos, en alguna red social, un usuario ataca un libro, una película o unas declaraciones por afirmar algo contrario a su línea de pensamiento o, simplemente, estar fuera del contexto real. El problema comienza cuando ese desacuerdo pasa a atacar otros aspectos de la persona acusada en cuestión, como con Feria, el libro de Ana Iris Simón, o como ocurrió recientemente con una columna sobre el papel de la actriz Kate Winslet en la serie Mare of Easttown de la que directamente se interpretó que llamaba «gorda y vieja» –aunque de forma irónica– a la actriz y alrededor de la cual gira la polémica con la publicación de múltiples análisis sesudos en columnas de opinión sobre este equívoco.

Existen numerosas posibles explicaciones ante estos fenómenos pero, antes de entrar en el de la polarización, debemos hablar de la conocida como ‘falacia del hombre de paja’. Si en algo nos están entrenando este tipo de polémicas es en detectar falacias lógicas: esta trata de responder a un argumento que el otro debatiente jamás ha dicho, devolviéndole una versión menos aceptable de su posición y que tiene más difícil, o imposible, poder defender. Por ejemplo, decirle a alguien que defiende el derecho a manifestación que está a favor del vandalismo o acusar a una persona que apuesta por la presunción de inocencia de querer que los asesinos queden libres.

En el caso de la columna sobre Kate Winslet, la periodista que la escribió solo pudo intentar aclarar que su titular y gran parte de sus argumentos eran irónicos.
A partir de ahí se acaba el debate, puesto que la otra parte está obligada a explicar que eso no es lo que ha dicho. En el caso de la columna sobre Kate Winslet, la periodista que la escribió solo pudo intentar aclarar que su titular y gran parte de sus argumentos eran irónicos. Ana Iris Simón, por otro lado, optó por evitar responder a los argumentos que no le interesaban, dejando esa parte del debate para otros. Esta falacia, de hecho, es la que hizo que en 2019 muchos diesen por perdido el presunto «debate del siglo» al ensayista Jordan Peterson contra Slavoj Zizek cuando respondió al esloveno sobre posturas filosóficas que este nunca había defendido. La diferencia es que este mediático enfrentamiento de ideas no tuvo lugar en Twitter, sino ante una audiencia mundial mucho más acostumbrada a debatir alrededor de ideas complejas.

En el pasado mes de mayo, las profesoras Marta Sánchez Esparza (Universidad Rey Juan Carlos), Adoración Merino Arribas y Elías Manuel Said Hung (Universidad Internacional de La Rioja) analizaron en un artículo publicado en The Conversation cómo en el debate político que se genera a través de las redes sociales la tendencia de los principales políticos ha sido reducir contenido para aumentar emociones. «La estrategia en Twitter fue no atomizar los mensajes, sino concentrar la carga sentimental en unos pocos temas que se proyectan para ser virales. De esta forma se habría producido un uso instrumental de Twitter como una caja acústica de ideas, reclamos, opiniones y sentimientos, con tuits cada vez más dominados por mensajes textuales y por el uso de recursos de apoyo visual, frente a un menor uso de URLs, que dotarían de mayor profundidad a los contenidos», apuntaban estos expertos.

Es decir, que el modo de discusión en el ágora de las redes es similar al hooliganismo futbolero que lleva a gritar «penalti» por el simple hecho de que el que se ha caído es de nuestro equipo. Es lo que el filósofo francés Bernard Manin ha bautizado como «el pluralismo sin debate»: nos encerramos en nuestras burbujas informativas y nos sentimos agredidos por todo aquello que no las valida. Falta un giro más, el del «ultracrepidiano», un término que en España apenas lo ha utilizado el escritor Quim Monzó pero que fue inventado en el siglo XIX y que se podría traducir del latín como «más allá de los zapatos». En otras palabras, el ultracrepidiano es aquel que opina públicamente de todo sin saber de nada.

El sesgo ‘Dunning-Kruger’ asegura que cuanto menos sabemos sobre un tema, más tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de conocimiento sobre el mismo
A la hora de analizar por qué opinamos sin leer nos encontramos también con el conocido efecto ‘Dunning-Kruger’, un sesgo cognitivo estudiado en los 90 por psicólogos que dice que, cuanto menos sabemos sobre un tema, más tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de conocimiento sobre el mismo. Así, las personas incompetentes no serían capaces de estimar bien su propia competencia mientras que –por contraste– las personas muy competentes tienden a infravalorarse por dar por sentado que los demás poseen las mismas habilidades que ellos. El escritor Fernando Arrabal lo explicó en una entrevista de forma más literaria: «Aristóteles afirmaba que las mujeres eran inferiores al hombre porque tenían una muela menos. Se casó tres veces y nunca se le ocurrió abrirle la boca a una de sus esposas y contarle los dientes. Y yo me pregunto, ¿qué bocas no abro, qué dientes no cuento?».

Finalmente, otros dos sesgos más: el efecto ‘halo‘ –juzgar de forma favorable características concretas de un sujeto por su opinión– y su menos estudiado contrario, el efecto ‘diablo’, a través del cual se juzga de forma negativa aspectos de una persona si la impresión general de esta es negativa. Añadimos también el backfire effect, o efecto ‘contraproducente’ bautizado por el psicólogo David McRaney. Este implica que, una vez adquirimos una creencia, en caos de que esta sea puesta en duda, tendemos a atrincherarnos reforzándola con nuevos argumentos –aunque sean ilógicos– y si la percibimos como atacada, aunque no esté ocurriendo, exageraremos nuestra posición.

Por supuesto, si no le ha gustado este artículo siempre puede pensar que el autor sufre claramente un sesgo ‘Dunning-Kruger’, es extremista del otro equipo de fútbol, o lo ha llenado de falacias del hombre de paja. Dependerá de si le atribuye efecto ‘halo’ o ‘diablo’.