«Hay algo inherente que mueve las redes sociales a direcciones cada vez más perjudiciales»

Efecto Naim

Steven Feldstein, miembro del Carnegie Endowment for International Peace, es consciente de los peligros intangibles que hoy nos rodean: una compra ‘online’, un contenido en una red social o el consumo de un vídeo en YouTube, ofrece la tentadora oportunidad de poner en marcha una maquinaria personalizada e inclemente de represión digital. La censura y el control, hoy, ya no se ejerce de forma violenta. Es, ante todo, un ejercicio de sutileza. Así lo defiende en su último libro, ‘El auge de la represión digital‘.

El título de tu último libro es El auge de la represión digital. Pero ¿qué es esa clase de represión?

Está muy relacionado con la represión política, pero en realidad se trata de la idea de utilizar las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones para coaccionar, disuadir o impulsar un tipo de conducta específica. Es decir, es el uso de estas tecnologías por parte de los gobiernos en contra de los ciudadanos.

Has identificado cuatro estrategias de vigilancia, monitorización y control que los gobiernos suelen utilizar. Háblanos de esto.

Sí, una es la vigilancia, que podría ser el uso de herramientas de vigilancia masiva como las tecnologías de reconocimiento facial o lo que se conoce como ciudades seguras, donde una variedad de sensores monitorizan los movimientos de la gente. Pero también podría ser el uso de spyware por parte de las fuerzas de seguridad del Estado para identificar a las personas o rastrear sus movimientos. Se trata de una gama bastante amplia de herramientas, pero la idea fundamental es la recolección de datos sobre las personas para saber más sobre ellas y sobre sus comunicaciones: con quién están hablando, lo que están diciendo. La segunda estrategia es la censura, y eso comprende desde el Gran Cortafuegos –como se conoce a las tácticas del gobierno chino para regular internet– hasta un bloqueo más discreto de determinados sitios web o aplicaciones. La tercera estrategia es la desinformación, que es esencialmente la manipulación de la información por parte de diferentes gobernantes para intimidar y acosar a los opositores, así como para difundir propaganda falsa. En Filipinas, por ejemplo, el presidente Duterte ha perfeccionado una máquina de desinformación que le permite atacar a sus oponentes, desviar las críticas y propagar políticas que violan los derechos humanos de formas bastante terribles. Y luego, en último lugar, están los cortes de internet, que es esencialmente la interrupción de la conectividad, ya sea suspendiéndola completamente o limitando drásticamente la velocidad de comunicación.

«La idea fundamental es la recolección de datos sobre las personas para saber con quién están hablando y lo que están diciendo»
Has desarrollado un ranking en el que clasificas a los países según su nivel de represión digital. ¿Cuáles son las conclusiones más interesantes de esa clasificación y qué descubriste al ver todos estos datos?

Lo que hice fue analizar un montón de datos –que estaban disponibles– de alrededor de 179 países de todo el mundo. Liderando el ranking tenemos países que normalmente se asocian con regímenes autoritarios cerrados, como China, Arabia Saudí, Corea del Norte o Turkmenistán. En la parte inferior del ranking tampoco hay muchas sorpresas, ya que están los países menos represivos: Estonia, los países nórdicos y las democracias liberales fuertes. Sin embargo, hubo ciertos países que me sorprendieron. India, por ejemplo, es un país que, aunque ha sufrido un deslizamiento antiliberal en los últimos años, continúa siendo la democracia más grande del mundo. A pesar de ello, ocupa un lugar excepcionalmente alto en la clasificación de la represión digital. También hay una serie de democracias débiles que han ocupado un lugar más alto de lo que esperaba. Lo interesante aquí, no obstante, es que en lugar de recurrir a la encarcelación masiva o a tácticas que podrían provocar una respuesta más negativa por parte de la población, las democracias que enfrentan presiones antiliberales, como es el caso de Hungría, pueden optar por el uso de herramientas de vigilancia digital o de desinformación selectiva para atacar a sus oponentes. Esta puede ser una estrategia de represión más favorecida, ya que logra un objetivo similar –reprimir a la disidencia– pero de una manera más aceptable según las normas políticas del país. Creo que eso es lo que hace que algunas de estás tácticas sean tan perniciosas.

Hace poco escribiste un artículo con mucho impacto sobre el rol de China en todo esto. ¿Cuán responsable es China de la expansión mundial de la represión digital?

Creo que China ha desempeñado un papel importante estableciendo un modelo de comportamiento. Otros países dicen: bueno, si China está haciendo esto, ¿cómo podemos hacerlo nosotros? China también ha proporcionado tecnologías que permiten ciertos tipos de vigilancia y censura a un bajo coste. Sin embargo, cuando se trata de promover y propagar estrategias autoritarias de control digital, creo que la teoría es un poco exagerada. Cuando le pregunto a los políticos, a los oficiales de inteligencia, a los funcionarios de gobiernos y a los miembros de la sociedad civil si China está directamente proveyendo estos equipos con el fin de fomentar la represión digital, la respuesta es no. Me dicen que existen otras dinámicas en juego, que tiene que ver con nuestras propias políticas. Así que China puede ser un facilitador en ciertos casos, pero no es el único responsable. De hecho, hay muchas otras empresas en democracias como Israel, Estados Unidos y Europa que también proveen equipos digitales utilizados para estas estrategias.

«China ha proporcionado tecnologías que permiten ciertos tipos de vigilancia y censura a un bajo coste»
La inteligencia artificial lo está cambiando todo, impactando en todo tipo de actividades y sectores, incluyendo la represión del Estado y de los gobiernos. ¿Cómo se está utilizando para reprimir a la gente?

A medida que más y más ciudadanos se conectan a internet y comienzan a depender del mundo digital para llevar a cabo todos los aspectos de sus vidas –ya sea el comercio electrónico, las comunicaciones personales o las transacciones financieras– se acumulan una gran cantidad de datos. El Estado chino y otros se han preguntado cómo pueden aprovechar esta nueva información para apoyar sus objetivos políticos y represivos. Es así como han surgido algoritmos que examinan estos datos en busca de patrones que permitan identificar a individuos que son críticos con el gobierno; incluso que permitan encontrar vínculos entre cierto tipo de personas que representen un desafío potencial para el régimen, ya sea por su origen étnico o por su ubicación geográfica. Pero lo que ofrecen estas nuevas herramientas de inteligencia artificial es un mayor nivel de precisión para examinar una cantidad masiva de datos; una precisión que no se podría conseguir con operadores humanos.

Cuando apareció internet, al igual que ocurrió después con las redes sociales, surgió la esperanza de que esta clase de tecnologías fomentasen la libertad y la democracia. Pero has mostrado en tu estudio que estas tecnologías no solo sirven para la liberación, sino también para la represión. ¿Qué está teniendo un mayor efecto: internet como arma de represión o internet como fuerza para la liberación y la libertad?

Considero que, al igual que con todo tipo de discurso, existen usos positivos y negativos. Creo que lo que me preocupa de las redes sociales en este momento es que hay un sesgo estructural, casi una predilección incorporada en la plataforma por acelerar y expandir el discurso negativo, extremo y polarizante. Los llamados «archivos de Facebook», que fueron filtrados hace poco por una ex-trabajadora de la compañía, hablan de todas las repercusiones nocivas que vemos alrededor del mundo: desde cómo los cárteles de la droga en México usan Facebook para contratar asesinos, hasta cómo los traficantes de personas en Medio Oriente utilizan la plataforma. Yo creo que no podemos seguir mirando estos sucesos como casos aislados. Creo que hay algo inherente, al menos en términos de los incentivos económicos, que está moviendo a las redes sociales en direcciones cada vez más perjudiciales.