El cuento de la última navidad

Paradójicamente, para comprender un problema no hace falta mirar a las élites; arriba, como pregona la película homónima. En la mayoría de las ocasiones, en realidad, tan solo es necesario mirar alrededor.

Víctor Lapuente

El cuento de esta Navidad es gentileza de Netflix, y se llama No mires arriba. Es una comedia apocalíptica: un cometa va a destruir nuestro planeta, pero los políticos y los grandes empresarios anteponen sus intereses electorales y comerciales a la salvación de la humanidad. La película cuenta con un reparto de lujo que incluye a Jennifer Lawrence, Leonardo DiCaprio, Meryl Streep, Cate Blanchett o Ariana Grande. Ya sea por los rostros o los gags, la cinta ha conectado con el gran público, convirtiéndose –en los escasos días que van del 27 de diciembre al 2 de enero– en la tercera película de Netflix más vista de la historia, repeliendo a gran parte de la crítica especializada.

Eso es buena señal: el pueblo es más sabio que el filósofo-rey. Los millones de dólares de recaudación de una película valen más que la opinión de un puñado de críticos. Si los espectadores pagan una ingente cantidad de dinero y tiempo –nada más y nada menos que 155,29 millones de horas han pasado los ciudadanos del mundo viendo No mires arriba, según Espinof– es porque la película les ofrece una ingente utilidad.

«Según ‘Espinof’, los ciudadanos del mundo han pasado 155,29 millones de horas viendo ‘No mires arriba’»
Pero que una película tenga éxito no quiere decir que diga la verdad. Para muchos analistas y comentaristas, No mires arriba es una caricatura del mundo actual. Cuidado: aquí viene algún spoiler, aunque imagino que el lector ha visto la película o ha leído ya una buena lista de artículos (y hasta casi tesis doctorales) sobre la misma. En las corruptas democracias contemporáneas, los políticos, al igual que la trumpiana presidenta de los Estados Unidos en la película –interpretada por una artificiosa Meryl Streep–, prefieren ganar las elecciones y rendirse a los intereses de los magnates que financian sus campañas a afrontar los problemas reales de sus votantes. Los políticos sin escrúpulos, asesorados por consejeros cínicos, y los empresarios avariciosos se alían para engañar a los ciudadanos apoyados por el poder de manipulación otorgado por las redes sociales. La película mostraría, pues, la política populista y las políticas antipopulares que rigen nuestras democracias capitalistas.

Esta interpretación, más que una exageración, es una tergiversación de la realidad. En mi opinión, la película no refleja el mundo actual, sino nuestra narrativa favorita –y cómoda– del mismo: los políticos y las corporaciones nos manipulan más que nunca con sus fake news y nos llegan a convencer para apoyar medidas que van en contra de nuestro interés (y exclusivamente en su beneficio). Pero, como expone brillantemente el psicólogo Hugo Mercier en Not Born Yesterday, no hay evidencia de que las mentiras del poder sean más comunes que en otros momentos del pasado. Durante la Guerra Fría, tanto los más autócratas como los más demócratas ocultaron secretos nucleares, desde Palomares a Cuba. De hecho, no está claro que los gobernantes nos puedan engañar mucho tiempo: ni Mao durante la Revolución Cultural ni Goebbels​​ en el Tercer Reich fueron capaces de adoctrinar con falsedades a sus atemorizadas ciudadanías. Simplemente se aprovecharon de los prejuicios de la gente, como ocurrió con el extendido antisemitismo de Alemania.

«Como expone Hugo Mercier, no hay evidencia de que las mentiras del poder sean más comunes que en el pasado»
Un caso bien estudiado es el de una de las fake news más paradigmáticas de nuestro tiempo: el pizzagate que amenazó la campaña presidencial de Hilary Clinton en 2016. Según este bulo, que alcanzó gran notoriedad tras ser propagado por medios de comunicación conservadores, altos funcionarios del Partido Demócrata habrían llevado a cabo abusos sexuales a niños, así como rituales satánicos en una pizzería de Washington D.C. Quienes han analizado la difusión de esta fake news a posteriori, sin embargo, han corroborado el escaso poder de la misma: los votantes que habían compartido la noticia no odiaban a Hillary Clinton porque pensaran que había participado en una red de pedofilia, sino que, por el contrario, creían que había participado en dicha red porque ya odiaban a Hillary. Históricamente, los pogromos contra los judíos no fueron consecuencia de la expansión de mentiras aberrantes, como que los judíos chupaban la sangre de los recién nacidos; en realidad, ocurría a la inversa: esas falsedades eran el resultado de un arraigado antisemitismo en la población.

El problema social no es que la gente se traga todo lo que le cuentan, sino más bien que se traga poco. Las personas no somos crédulas, sino incrédulas por naturaleza. Al contrario de lo que dice el escritor Juan Manuel de Prada, no somos «tragacionistas», sino que cuesta mucho convencernos de cualquier cosa que no encaja con nuestra experiencia cotidiana, ya sea que la Tierra no es plana –cuando la sentimos como si lo fuera– o que meternos una pequeña cantidad de un virus nos ayuda a desarrollar inmunidad contra el mismo.

«Para entender un problema no mires arriba, a los políticos y grandes empresarios, tal y como insinúa la película; mira a tu alrededor»
Esto no quiere decir que los políticos sean honestos y bienintencionados, pero para entender fenómenos tan aparentemente extraños como que los votantes pobres de Virginia Occidental voten a Trump o los de Vallecas a Díaz Ayuso, no podemos refugiarnos en las –ya sean supuestas o auténticas– mentiras que lancen estos políticos. La gente humilde no vota a los políticos nuevos y rupturistas porque cree lo que dicen, sino porque cree menos a los políticos viejos y continuistas. La gente tiene razones para seguir a según qué políticos, y estos no son pastores que conducen a los votantes como a un rebaño, sino que son más bien ovejas que siguen a su a veces desquiciado pastor: el electorado.

Para entender un problema no mires arriba, a los políticos y grandes empresarios, tal y como insinúa la película; mira a tu alrededor, a tus vecinos votantes y consumidores. Su responsabilidad, tu responsabilidad, sí es la «verdad incómoda», y no la película: esta, por entretenida que sea, es una mentira cómoda, y por eso entra mejor que el turrón en Navidad.