Democracias en guerra: La victoria de Ucrania en el campo de batalla no es un accidente



Roger Senserrich


Mientras el mundo estaba ocupado con los funerales de Isabel II, en el otro lado de Europa el ejército ucraniano estaba lanzando una ofensiva sorpresa contra las tropas de ocupación rusas en el noreste del país.



No soy historiador ni experto en temas militares; he leído suficiente para apreciar que es algo increíblemente complicado y ser perfectamente consciente de que cualquier opinión que tenga sobre el tema será, casi seguro, errónea por completo. El consenso entre los expertos, sin embargo, es que el ataque ha sido brillante y que las fuerzas armadas rusas están retirándose de forma desordenada tras sufrir una severa derrota.

Me remito a esos expertos sobre las tácticas y estrategias utilizadas por Ucrania, sobre si el ataque en el sur era una elaborada maniobra de distracción y si este asalto acorazado con avances estilo blitzkrieg (he jugado suficientes wargames de la segunda guerra mundial para que me recordara esta batalla de 1943, en casi exactamente el mismo lugar), que lo harán mejor. Pero la sorprendente resistencia de Ucrania, primero, y el éxito de sus tropas estos días, sí me permiten hablar de algo que es bastante más cercano, instituciones.

Resulta que Ucrania tiene una ventaja institucional enorme a la hora de ir a la guerra, algo que nunca se comenta lo suficiente a menudo: es una democracia, y las democracias son mucho mejores que nadie en esto de ganar guerras.

Dan Reitner y Allan C. Stam compilaron hace unos años una lista de todos los conflictos armados acaecidos entre 1816 y 1987. Las democracias, cuando van a la guerra, las ganan un 76% de veces; las dictaduras un 46%. Cuando una democracia es quien lanza una guerra casi nunca la pierde, ganando un 93% de ocasiones. Estudios posteriores dan incluso porcentajes aún más favorables. Es decir que si quieres derrotar a tus enemigos en un campo de batalla, es mucho mejor hacerlo bajo las banderas de un régimen político abierto, tolerante, y con líderes escogidos por sus ciudadanos, no por un rey, general, o dictador.

¿Cuál es el motivo de que esto suceda? Hay una literatura considerable al respecto sobre el tema, y mi sensación es que es hay varios factores que contribuyen a que las democracias ganen más a menudo.

Primero, como señalan Reitner y Stam, hay motivos puramente electorales. Un presidente o primer ministro democrático quiere ser reelegido, y saben que no hay nada más impopular que meterse en una guerra y perderla. Eso hace que las democracias se metan mucho menos a menudo en conflictos donde la probabilidad de ganar sea incierta; sus dirigentes siempre van sobre seguro.

Segundo, e igual de importante, los líderes democráticos tienen mucha más información sobre lo que sucede a su alrededor que los dictadores. Los regímenes autoritarios, casi sin excepción, son muy proclives a alardear de sus fuerzas armadas y el poder de sus ejércitos. El problema para alguien como Vladimir Putin es que es muy complicado distinguir, al cabo de un tiempo, entre la propaganda de su propio régimen y la condición real de las fuerzas armadas, especialmente porque nadie a su alrededor tiene incentivo alguno para decirle que su aviación, flota, y divisiones acorazadas son tigres de papel. Los generales no hablarán, desde luego, porque son los que están muy ocupados robando, y los críticos de fuera del ejército o serán tratados como disidentes o se callarán para evitar acabar en la cárcel.

Malos subalternos

Estos problemas para obtener información relevante, además, se hacen aún más pronunciados cuando empiezan los tiros. Nadie quiere ser la persona que da malas noticias al jefe cuando primero, tu trabajo era preparar el glorioso ejército del líder para la batalla y segundo, perder esas batallas puede acabar con tus huesos en Siberia, un lamentable accidente hospitalario o una ejecución sumarísima por traidor. Lo que acaba pasando es que todo el mundo finge que la guerra va estupendamente hasta que es absolutamente imposible de esconder que lo que tienen entre manos es una catástrofe. Las dictaduras son increíblemente malas corrigiendo errores, y en una guerra esto es un problema especialmente insidioso.

Tercero, los dictadores tienen buenos motivos para temer a sus propias fuerzas armadas, ya que la forma más habitual con la que un dictador pierde el poder es fusilado / exiliado / jubilado / tristemente fallecido mientras dormía por sus propios generales. Eso hace que las dictaduras tengan ejércitos mucho más centralizados y con la autoridad más concentrada en unos pocos militares de confianza del dictador. Ser “amigo del líder” y “lo suficiente dócil como para que te crea inofensivo” no suelen ser buenas credenciales para ganar batallas. Los ejércitos más efectivos suelen distinguirse por ser capaces de dar autonomía y capacidad de decisión a sus oficiales. El ejército ruso no lo hace no por doctrina o tradición, sino porque siempre ha sido un ejército al servicio de dictadores.

Haciendo amigos

Las democracias, mientras tanto, tienen un buen puñado de ventajas que no son inmediatamente aparentes. A su menor tendencia a meterse en fregados imposibles y su mayor capacidad para procesar y utilizar información se le añade el hecho que son regímenes políticos mucho más de fiar para terceros estados, y mucho mejores formando coaliciones. Los gobernantes de otros países saben que primero, una democracia es mucho menos propensa a liarse a tortas contigo, ya que empiezan menos guerras, y que, si deciden formar una alianza, esta suele ser el resultado de un debate abierto y un consenso nacional, no los caprichos de un dictador. Las democracias, cuando van a la guerra, no van solas; es muy, muy, probable que tengan a un montón de amigos detrás. A menudo, entre esos amigos estarán los psicópatas de Estados Unidos que estarán absolutamente encantados de darte toda clase de juguetes estupendos.

Las democracias suelen ser, por cierto, mucho más ricas que las dictaduras, algo que importa bastante cuando se trata de guerras industriales.

Finalmente, queda el gran intangible que hemos visto en Ucrania estos días, una y otra vez: un gobierno que lucha bajo el principio del consentimiento de sus gobernados tendrá soldados mucho más motivados y dispuestos a luchar que un régimen dictatorial. Un soldado-ciudadano es alguien que lucha por un futuro en el que tendrá voz y voto; está defendiendo un país que es suyo, no de los sátrapas de la capital. Sabe que si las cosas van mal los críticos con el régimen no serán fusilados, y sirven bajo unos oficiales y generales que están ahí por su (relativa) competencia, no por hacerle la pelota al líder.

Las democracias, además, suelen ser mucho menos proclives a pedirle a sus soldados que cometan atrocidades. La inmensa mayoría de combatientes aprecian este detalle.

¿Ganarán la guerra?

¿Quiere decir todo esto que Ucrania va a ganar la guerra? Por supuesto que no. Primero, porque si hay algo impredecible es un campo de batalla, y no tengo la más remota idea sobre si la ofensiva de estos días es sostenible o no. Segundo, porque la democracia te hace mejor peleando, pero no te hace invencible. Rusia es mucho más grande que Ucrania y tiene muchos más tanques, aviones y soldados; en igualdad de condiciones, la dictadura de Putin perdería casi seguro, pero esta no es una guerra en igualdad de condiciones. La ventaja democrática ucraniana hace que puedan pelear mucho mejor de lo que deberían para un país de su tamaño, pero no garantiza su victoria.

El papel de Estados Unidos

Es aquí donde entra occidente, y más en concreto, Estados Unidos y su condición de arsenal de la democracia. Si los 15.200 millones de dólares de ayuda militar entregados hasta ahora (nota: el presupuesto militar de España son 11.189 millones de euros anuales) sirven para hacer que Ucrania pueda ganar esta guerra, este es dinero bien invertido, y desde luego, deberían seguir enviando armas hasta que Rusia sea derrotada. Dejando los frikis del ala derecha del GOP y algunos iluminados trumpistas, el consenso político y social sigue siendo armarles hasta los dientes, no enviar tropas (porque eso sería una mala idea), y patear a los rusos hasta que aprendan la lección.

Las victorias ucranianas seguramente reforzarán aún más esta postura. Si los rusos creen que lo han pasado mal hasta ahora, cuando Estados Unidos ha ofrecido transportes blindados, cañones, misiles antirradar y artillería de precisión (y montones de informes de inteligencia – la CIA ha dedicado toda su existencia a espiar a los rusos y se mueren de ganas de hacer que esto cuente), que se preparen por lo que ha de venir.